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Antes de comenzar la crítica de esta semana debo señalar que hay dos películas tan recomendables o incluso más que la que protagonizará la sección de hoy. La primera de ellas es la fascinante cinta de terror sueca Déjame entrar, retrato del romance infantil entre un niño “corriente” y una niña vampiro, que puede sonar a Crepúsculo, pero que en realidad es una de las historias más fascinantes, turbias y absorbentes de los últimos años. No obstante, muchos críticos la han definido con mucha razón como la mejor película de terror de la década. La segunda es igual de fascinante, pero en el sentido contrario, por su luminosidad, por ser uno de los más apasionados cantos a la vida que recuerdo. Hablo del documental Man On Wire, historia del funambulista francés Philippe Petit, autor del considerado "crimen artístico del siglo XX". Éste no fue otro que cruzar haciendo equilibrios sobre un cable de una torre gemela a otra en 1974. Podría escrbir una crítica de una de estas dos magníficas películas pero he optado por otra por una sencilla razón: este blog se llama diario de periodismo, y la película de la que os hablaré hoy es un thriller periodístico, y no uno como la infame, de aún más infame prestigio, Todos los hombres del Presidente, sino un verdadero thriller periodístico.
La sombra del poder
La nueva pelicula del escocés Kevin Macdonald, experto documentalista que debutó hace tres años en el largometraje de ficción con el entretenido, pero finalmente superficial e intrascendente El último rey de Escocia, relato del estrafalario y terrible dictador de Uganda Idi Amin, da la mano a los quizá dos oficios más denostados que existen en la actualidad, la política y el periodismo. Macdonald y sus guionistas construyen una compleja trama que disecciona los finos tentáculos del poder, su intrincada maraña de intrigas, su rendida pleitesía a los intereses de las grandes empresas disfrazada de servicio al ciudadano. Y es que el mundo que describe Macdonald no podría ser más real. Es éste el mundo de las altas esferas, el ferozmente capitalizado que amenaza con hacer eso mismo con la seguridad nacional e internacional al dejarla en manos de las empresas privadas. En el mundo real muchas de las atrocidades perpetradas en Irak o Afganistan no son cometidos por soldados del ejército sino por miembros de empresas privadas, contratistas del Departamento de Defensa formadas por militares retirados y en muchos casos con antecedentes psiquiátricos. En el futuro esas contratistas podrían hacerse con la seguridad también en territorio americano. Estados Unidos amenaza con privatizar, tal y como ocurre desde siempre con la sanidad, la seguridad de sus ciudadanos. Pero si esta advertencia es uno de los pilares de esta película, no lo es menos su brillante análisis de la situación del periodismo y más concretamente del periodismo impreso, y de cómo éste ya está íntimamente ligado a los mismos intereses antes citados.
En este sentido La sombra del poder se revela como un honesto homenaje a una forma de hacer periodismo y a un profesional de esta forma de comunicación que está a punto de extinguirse, aniquilado por el voraz avance de Internet y sus blogs, exterminado por el consumo rápido, el gusto por lo sensacionalista, por el affaire amoroso del político más que por las leyes que ha respaldado. La sombra del poder supone la despedida definitiva al diario impreso a la vez que la reivindicación más enérgica de una forma de hacer periodismo comprometido y responsable a la vez que peligrosa (y es que el periodismo sólo es peligroso cuando se hace bien). En ese sentido el siempre formidable Russell Crowe encarna a un héroe de otros tiempos, un incansable buscador de la verdad cuyo susurro de desesperación pronto será ahogado por los gritos del último rumor propagado por la red, cuya mirada reflexiva y sosegada de las cosas pronto será enturbiada por la acuciante necesidad de la primicia y de anticiparse a la competencia. La sombra del poder dibuja el futuro más oscuro imaginable para el periodismo, un futuro en el que el valor de la prensa no tendrá nada que ver con el número de políticos corruptos derribados, ni con la denuncia, ni con la verdad, sino con el número de usuarios de la edición Web, un futuro en el que las redacciones tradicionales serán estrechadas progresivamente hasta su desintegración, ocupadas por trasnochados gordinflones de barba descuidada que duermen sobre sus teclados y sueñan con los tiempos en los que la prensa era el cuarto poder para alguien más que para un político adultero.
Para el resto, es decir los que no son periodista, o estudiantes de periodismo, o para los que no les importa una mierda nada, podrán disfrutar de un thriller modélico con algún subrayado innecesario para hacer más digerible una trama que nunca deja de complicarse y que depara más de un giro de guión imprevisible y nunca gratuito. Es La sombra del poder uno de los mejores thriller con implicaciones políticas y económicas que recuerdo, quizá el mejor desde que Michael Mann rodará también con Russell Crowe de protagonista esa Obra Maestra llamada El dilema. Hasta un felizmente recuperado Ben Affleck brilla en el papel del político comprometido vencido por las circunstancias y el descrédito. Frenético, sorprendente, adulto e inteligente desde el primer al último minuto. Así es esta cinta hecha para toda persona con conciencia. Para los periodistas o para quienes quieran serlo, debería ser desde ya su película de cabecera, y la película a la que deberían acudir como si de una prescripción médica se tratara cuando lleguen los nubarrones.
Lo mejor: todo, desde las interpretaciones de todo su reparto, incluídos secundarios excelentes como Helen Mirren, Robin Wright Penn, Jason Bateman o Rachel McAdams, pasando por su una dirección agil y un guión muy calculado y siempre imprevisible, y terminando por sus importantes implicaciones en el mundo real.
Lo peor: Algún subrayado de más en la explicación de la trama, pero nada relevante.
La película que recomiendo hoy es de un director que a casi nadie gusta. Se trata de uno de los creadores de uno de los movimientos cinematográficos más radicales de los últimos años. Venido de Dinamarca, el movimiento Dogma supone una ruptura absoluta con casi todas las reglas del séptimo arte: nada de música, nada de iluminación artificial... En definitiva, el cine dogma pretende la eliminación de todo artificio, de cualquier elemento que pueda manipular al espectador de cualquier forma que no sea a través de la historia. Esto se llevó a cabo hasta las últimas consecuencia en la trilogía sobre la historia de Estados Unidos que dio inició con Dogville, continuó con Manderlay y finalizará este mismo año con Washington. En ellas Von Trier suprimió cualquier escenografía hasta el punto de convertir las casas en meras líneas dibujadas sobre el suelo. La película que os recomiendo esta semana no llega hasta ese punto aunque sí reune el resto de características del cine dogma, a la vez que pone de relieve otra de Von Trier por la que ha sido criticado hasta la sociedad: su obsesión por "torturar" a los personajes femeninos, algo que también queda muy patente en su película más famosa, que no la mejor, Bailar en la oscuridad.
Rompiendo las olas (1996)
Años 70 en una pequeña localidad costera de Escocia marcada por el puritarsimo y la religión. Bess, una ingenua joven se enamora de Jan, el desenfadado trabajador de una plataforma petrolífera. Se casan. Todo es perfecto hasta que él tiene un accidente laboral. A su regreso el anteriormenete fogoso Jan es un hombre impedido condenado a vivir postrado a una cama de por vida. Él ya no puede difrutar del sexo, o al menos no de la misma forma. Pero ella sí...
No contaré más de esta película que ilustra uno de los actos de amor más terribles que se han visto en una pantalla de cine. Von Trier asfixia al espectador con este drama (no encontraréis en su cine ni una pizca de comedia salvo en El jefe de todo esto) radical que se siente como un puñetazo en el estómago, que pone a prueba en todo momento no sólo la sensibilidad del espectador sino también su ética, su concepto del amor y muchas otras cosas. No diré nada más Vedla, os arrepentiréis, pero vedla.
sábado, abril 18, 2009 | 0 Comments
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Watchmen
No he leído el cómic (o novela gráfica, que dirían los puristas) de Alan Moore en el que se basa Watchmen. Muchos de estos lectores sostienen que es la mejor historieta jamás escrita y dibujada, pero yo me limitaré a criticar la transformación al celuloide que ha llevado a cabo Zack Snyder, uno de los realizadores más prometedores de la actualidad, tal y como demostró en 300, una película machista y homófoba donde las haya, pero dotada de una visceralidad única, y sobre todo en los diez primeros y brillantes minutos de Amanecer de los muertos, notable revisión del clásico de George A. Romero en cuyo arranque alcanzaba la grandeza de un cineasta inquieto que siempre apuesta por nuevas formas de expresión. Watchmen no se aparta demasiado de esta línea transgresora, y es que muchos decían que era la única novela gráfica que no se podía filmar. Excesiva, apasionada, irregular, en ocasiones confusa y atropellada, Watchmen no es una película para todos los gustos. Los que esperen acción a raudales y heroísmo de la vieja escuela difícilmente podrán entrar en el universo decadente que describen Moore y Snyder. Aún así su preciosista y ensimismada puesta en escena con constante uso de la cámara lenta y una perfecta conjugación con la música, en la que destacan temas de Bob Dylan, Leonard Cohen y Simmon and Garfunkel, mantendrá embelesados a una gran parte del público. El resto, el más exigente, podrá ver entre tanta parafernalia, un relato sombrío y de gran complejidad moral. Y es que ésta no es la historia de superhéroes que salvan a la humanidad con total abnegación, es la historia de superhéroes hartos de serlo, de otros que han perdido la fe al haber presenciado lo peor de la naturaleza humana, de otros que han perdido semejante condición y se preguntan si merecemos ser salvados.Ambientada a los años 80, en unos Estados Unidos alternativos en los que los yanquis ganaron en Vietnam, Richard Nixon va por su quinta reelección como Presidente, la Guerra Fría se halla en el momento de mayor tensión y las calles se han convertido en un campo de batalla y de depravación, Watchmen está más cerca de la nueva saga de Batman, en especial de El Caballero Oscuro, que de cualquier cómic clásico como Superman o Spiderman. Las películas basadas en las viñetas de superhéroes han entrado en una nueva generación, donde el espectáculo pirotécnico y la épica han dejado paso a las dudas existencialistas y a la redefinición del héroe, desde su imagen virtuosa de protector de los amenazados y sostén moral de la humanidad a la de soporte siniestro y atormentado de todas las culpas y pecados del hombre. En ese sentido la escena en la que uno de estos "héroes", capaz de frenar una hipotética lluvia de misiles nucleares enviados desde la Unión Soviética, reflexiona desde Marte sobre la perfección del planeta rojo debido precisamente a su ausencia de vida resulta tan desquiciante y absurda como perturbadora. En Watchmen la pregunta que se hacen los héroes ya no es "¿cómo salvaremos a la humanidad?", sino "¿hay algo que salvar?".
Pero no todo es acertado en esta película cuya mejor baza son sus adultas intenciones, rematadas con un final, que si bien peca de explicito y discursivo, plantea un dilema moral de espeluznantes concomitancias con la realidad actual. Watchmen parece en todo momento una película mutilada por las ambiciones comerciales de productores que supeditan los supuestos intereses del público a la visión de un autor con una idea muy clara de lo que debe ser su obra. Debieron respetar las casi cuatro horas de duración que Snyder había previsto para Watchmen y que sí se incluirán en la versión que saldrá a la venta en DVD, y no las algo menos de tres horas que finalmente han salido a la luz en las pantallas de cine. Esto hace que la película parezca inconclusa, que los personajes, así como sus motivaciones, no cuenten con el desarrollo que merecían y que la acción avance a trompicones. Si a esto se añade un reparto insípido en el que sólo destaca Jackie Earle Haley, un actor extraordinario cuyo extraño físico le ha relegado siempre a papeles muy secundarios (recomiendo el visionado de Juegos Secretos, en la que interpreta a un pedófilo para ver una de las mejores y más subyugantes actuaciones de los últimos años), se percibe fácilmente que Watchmen es una película que esconde mucho más talento de lo que se atreve a mostrar.
Lo mejor: la puesta en escena, la selección musical, la osadía de Snyder, sus intenciones.
Lo peor: los resultados, con momentos brillantes, pero finalmente decepcionantes, casi todo el reparto, y sobre todo la cobardía de los productores.
Nota: 6,5
Esta semana recomiendo una de las películas más asfixiantes y dolorosas que se han hecho jamás. Dirigida por Alejandro González Iñárritu, director al que siempre se a acusado de torturar a sus personajes, de describir un mundo en el que sólo cabe el drama y la desesperación, se trata de la mejor película del conocido cineasta mejicano (muy superior a su más famosa obra, Amores perros, o a Babel, donde ya se observaba una cierta degradación de su peculiar estilo). Protagonizan, en las mejores interpretaciones de sus respectivas carreras, Sean Penn, Naomi Watts y Benicio del Toro. El guión es de Guillermo Arriaga, que la próxima semana estrena en España su debut en la dirección, Lejos de la tierra quemada.
21 gramos (2003)
Paul (Sean Penn) sufre una grave dolencia cardiaca. Necesita un corazón nuevo o morirá. Cristina (Naomi Watts) es una mujer felizmente casada y con dos hijos. Un conductor atropella a los tres por accidente y se da a la fuga. El conductor es un ex-presidiario (Benicio del Toro) que ha logrado su rehabilitación gracias a su fe religiosa. Paul recibe el corazón del marido de Cristina. Paul quiere conocer a la mujer del hombre que le ha salvado la vida. Cristina quiere vengarse del hombre que destrozó la suya.
21 gramos, título poético donde los haya, hace referencia a algo que la ciencia médica nunca ha sabido como explicar. Todos perdemos 21 gramos de peso al morir. Todos lo pierden en ese preciso instante e invariablemente es siempre la misma cantidad. Dicen que es el peso del alma. Con una de las estructuras narrativas más originales que recuerdo, a la altura de la revolución que supuso Memento, con constantes saltos hacia atrás y hacia delante en el tiempo, aparentemente de forma arbitraria, pero con una coherencia interna milagrosa, 21 gramos es una experiencia emocional que acompañará al espectador el resto de su vida, una reflexión brutal sobre la muerte, la redención y los caprichos del destino. No os la perdáis, os amarga el día, pero merece la pena.
Y por último os recomiendo un documental que vi el otro día en versión original subtitulada a través de Internet porque a pesar de haberse exhibido en Estados Unidos en el año 2007, está inédito en España y los más probable es que nunca vea la luz de forma legal en nuestro país. Hablo del último trabajo de Michael Moore, el hombre que revitalizó el género documental gracias a su genial disquisición sobre la fácil adquisición de las armas (allí los bancos no regalan televisores o una vajilla por abrir una cuenta bancaria, sino una escopeta o una pistola, y no es ninguna exageración) y la cultura del miedo, reinante en Estados Unidos en Bowling for Columbine, documental que además reveló que Charlton Heston era el tipo más rancio y fascista del mundo y que el cantante Marilyn Manson tras su imagen frívola esconde una persona razonable e inteligente. Después llegaría su alegato en contra de la política de Bush y más concretamente de su respuesta al 11-s en Farhenheit 9/11. En sus documentales además de su actitud beligerante que le convierten en uno de los últimos patriotas (palabra que detestó) de Estados Unidos, y es que algunos confunden sus críticas al sistema con la disidencia, demuestra que es un demagogo, pero un demagogo genial, capaz de manipular lícitamente la realidad con tal cumplir sus fines. En su nuevo trabajo lima algo su demagogia para criticar el sistema sanitario estadounidense.
Sicko
18.000 personas mueren al año en Estados Unidos al habersele negado la atención sanitaria. 50 millones de personas carecen de seguro médico. Especialmente curioso y dramático es el caso de un hombre que sufrió la amputación de dos de dos. No podía pagar el reimplante de los dos. Tuvo que elegir uno. Pero los 250 millones que sí tienen seguro no están en mejor situación. Michael Moore se entrevista con pacientes aquejados de graves enfermedades y asiste a su desamparo, a veces a su muerte. Viaja a Canadá, Inglaterra, Francia y finalmente Cuba para examinar sus sistemas sanitarios y desmantelar la opinión favorable que los americanos tienen de su propio sistema de vida para idealizar justificadamente a los odiados franceses y a los diabólicos cubanos (su dictadura no merece ningún elogio, pero sí su seguridad social en lo que a tratamiento médico se refiere). En Estados Unidos los pacientes que no pueden costearse su tratamiento son expulsados a la calle aunque su estado conlleve una muerte inminente, en Estados Unidos los que sí pueden pagar esa atención al tener seguro médico, siempre privado y es que allí no hay seguridad social, serán investigados por auténticos detectives médicos hasta el más nimio detalle para descubrir cualquiera de las causas preexistentes que les sirva para denegar el tratamiento. Pocas veces uno ve una película con un cabreo tan inmenso y es que asistir a semejante capitalización de la medicina resulta tan lejano a la mentalidad europea como incomprensible para cualquiera con una mínima sensibilidad. La excusa que esgrime el gobierno americano, las aseguradoras y la industria farmecéutica: la sanidad gratuita es una forma de comunismo. El gran reto de Obama no es acabar con la crisis económica, ni Irak, ni Guantánamo, es su sistema sanitario. La película está en youtube.
sábado, marzo 07, 2009 | 2 Comments
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El luchador
Muchos dirán que El luchador es una película en la que apenas ocurre nada, que es previsible y que su historia acerca del fracaso y la derrota ha sido contada hasta la saciedad, y probablemente sea así, pero pocas veces se ha hecho de una forma tan honesta. Los que quieran disfrutar de una película sobre la épica de la lucha libre, será mejor que se abstengan de verla. No es ésta una cinta sobre tan popular "deporte", aunque en su primera media hora se muestre en todo su esplendor, crudeza y miseria, y es que si bien es de sobra conocida la farsa que representa, el hecho de que todo esté amañado y coreografiado no resta profundidad a las heridas, tanto físicas como emocionales. Es fuera del cuadrilatero donde estos gladiadores libran su batalla definitiva: contra los dolores de espalda, la adicción a las drogas, los barbitúricos, la morfina, los infartos de miocardio, las perdidas súbitas de memoria, las deudas..., pero sobre todo contra el olvido.El luchador no habría sido posible sin Mickey Rourke. Pocas veces se asiste a una mímesis entre actor y personaje tan exacta como ésta. Lo que hace Rourke (que el domingo ganará el Oscar con todo merecimiento) está mucho más allá del elogio. Es lo más parecido a no actuar en absoluto. Quizá porque su rostro, arrasado por su afición al boxeo (que practicó de forma cuasi-profesional en los años 90), el bótox y la cirujía, sea la viva imagen de la derrota y el deseo por volver a la cima, quizá porque él sepa mejor que nadie lo que supone acariciar el cielo para acto seguido descendender al infierno y como en el segundo el calor es mucho más intenso cuando se ha conocido el primero. Pero lo mismo se puede decir de una fantástica Marisa Tomei (que también merece el Oscar, pero se lo llevará injustamente Penélope Cruz), que desborda encanto y amargura en las mismas dosis en su papel de streaper que ya puede adivinar su ocaso ante el empuje de las nuevas generaciones. Los dos se han equivocado una y otra vez, han tirado sus vidas a la basura y los dos despiertan una ternura infinita en el público, al menos en quien esto escribe. Es ésta una historia sobre la dignidad del perdedor, sobre como las personas no saben quienes son realmente y cual es su valor hasta que no han tocado fondo.
El luchador, que está rodada con una sencillez insólita para un realizador tan ególatra y acostumbrado a volcar toda su vanidad en sus películas como es Darren Aronofsky (Pi, Requiem por un sueño, La fuente de la vida), duele desde el primer al último fotograma, y cuando termina y la pantalla funde a negro, justo antes de que aparezcan los créditos y con ellos el extraordinario tema que Bruce Springsteen ha compuesto para la ocasión, el espectador se siente de alguna forma distinto, desolado y aliviado al mismo tiempo, lacerado y sanado, humillado y redimido. Y si el efecto de esta película es tan perturbador y emotivo y se siente de una forma tan personal es porque habla de algo tan inevitable como la propia muerte, la decadencia y su intrínseca nostalgia, y porque a pesar de su apariencia melancólica no podría ser más optimista. El luchador no aporta nada al lenguaje cinematográfico ni a la historia del cine. Nunca será una película de culto como son las anteriores y muy inferiores obras de su autor, pero sí demuestra algo esencial: que no son necesarios grandes presupuestos, ni siquiera grandes ideas para hacer una Obra Maestra, tan solo ser honesto.
Por cierto. Es imprescindible ver El luchador en versión original si se quiere disfrutar de ella en plenitud. En otras película no importan tanto, pero en este caso sí. De modo que os animo a no ir al cine a verla, donde sólo se puede encontrar en versión doblada, y sí descargarla a través de Internet.
Lo mejor: las interpretaciones de Mickey Rourke y Marisa Tomei (aunque Evan Rachel Wood está también genial), la discrección de Aronofsky en la dirección y su honestidad.
Lo peor: quizá que no sorprenda, pero eso no es necesariamente malo.
La película que recomiendo esta semana llega de Corea del Sur. Esta dirigida por el cineasta más afamada de ese pais y uno de los más prestigiosos de oriente. Se trata de Kim Ki-Duk, un tipo dotado de una sensibilidad muy especial y muy alejada de a lo que está acostumbrado el público occidental. La que os recomiendo hoy es su mejor película, aunque tampoco conviene olvidar otras tan magníficas como La isla (No confundir con la horrorosa cinta de Michael Bay) o Samaritan girl.
Hierro 3 (2004)
Tae-suk es un indigente, pero no vive en la calle ni en ningún albergue para sin techo, entra en las casas cuando sabe que sus dueños no se encuentran allí porque han salido unos días de vacaciones. Pero Tae-suk no es un ocupa corriente. Paga la hospitalidad de sus involuntarios huespedes haciendoles la colada o reparando algún aparato que esté averiado. Después de unos días y antes de que los dueños vuelvan, se marcha y ocupa otra vivienda. Pero en una de estas casas conocerá a una de sus habitantes, una chica que vive atemorizado por su rico marido, que la maltrata abocandola a vivir encerrada en esa casa. Tae-suk se enamora de ella perdidamente, pero antes deberá hacer frente a tan perverso marido.
Hierro 3 es la película más absorvente y extraña de Kim Ki-Duk. Como en casi todas sus obras apenas hay diálogos. El indigente de Hierro 3 es mudo, bien porque no puede o porque no quiere hablar (algo que ocurre con casi todas las películas del director coreano). La película no lo revela y poco importa. David Mamet, uno de los mejores dramaturgos y guionista norteamericanos, dice que un buen guión es el que no necesita diálogos, y esa es una tesis que Kim Ki-Duk aplica a casi todas sus películas. Son los pequeños gestos los que describen a los personajes y sus sentimientos, y de forma casi milagrosa estos quedan mucho mejor expresados que si se usaran palabras. No es un cine apto para todos los públicos, muchos lo encontraran aburrido y pedante, pero merece la pena ver algo de este director para ver una sensibilidad, la oriental, tan distante de la nuestra, pero a la vez fascinante. Os dejo el trailer.
sábado, febrero 21, 2009 | 0 Comments
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Slumdog Millionaire
Slumdog Millionaire, la película que ganará el Oscar en la máxima categoría el próximo fin de semana de forma algo inmerecida porque no es ni mucho menos la mejor de las cinco candidatas, posee una serie de elementos que deberian condernarla al olvido más inmediato. Su trama peca de una falta de credibilidad pasmosa, algo que trata de disimular con su discurso acerca de los designios del destino, pero que no es más que el abuso reiterado de un recurso que en el cine debería quedar relegado a contadas ocasiones: la casualidad; su historia de amor adolece de un simplismo infantil, casi de cuento de hadas, los personajes están descritos de forma maniquea, siendo los villanos una caricatura grotesca y el héroe de la función un hátajo de virtudes (en este sentido el personaje mejor retratado es el del hermano), y en definitiva estamos ante una película que huye de cualquier complejidad ética, filosófica o intelectual, algo que sacrifica en favor de la estetica y el espectaculo.No se debe ver Slumdog Millionaire con los defectos citados en el primer párrafo en mente. No es esta una película para reflexionar mientras se ve, ni después de su visionado. No precisa de un análisis pormenorizado y concienzudo porque la cinta que dirige el británico Danny Boyle es la expresión del cine en estado puro, en su manifestación más primigenea. Aquella en la que no debes hacer otra cosa que sentarte y disfrutar, sin hacerte preguntas, sin cuestionar absolutamente nada y rindiendote a este entretenidisimo viaje por las entrañas de la India. Colorista, luminosos, hipertrófica, emocionante, así es esta película que no cede ni un segundo de descanso al espectador. Boyle dirige con una vitalidad apabullante, nos empapa del contrate paisajístico y económico de la India y más concretamente Bombay. Los rascacielos crecen junto a las chavolas, la opulencia intenta ocultar al mundo la putrefacción hasta convertir a este lugar en la meca de Bollywood y la informática. Y es que si alguna lectura profunda se puede sacar de esta película es su nada edulcorada o idealizada visión de la India (y por extensión de otros países que en los últimos años se han unido de forma falsaria al grupo de los desarrollados, caso también de China), donde la riquza se amasa gracias a una explotación al más puro estilo Oliver Twist.
Así pues Slumdog Millionaire es una película con numerosos fallos, todos ellos en el guión, aunque éste parte de una idea original, fresca y brillante y su estructura, siempre dinámica, mantenga la tensión y la intriga hasta el final. Pero poco importa cuendo la dirección (en este aspecto Danny Boyle sí será el justo ganador del Oscar), la banda sonora, la fotografía, el montaje... se conjugan a la perfección hasta lograr una sintonía que sólo puede calificarse de poética y fascinantemente hermosa. Quizá la visión global de la cinta no sea tan satisfactoria como se preveía, pero es indudable que cada escena por separado es una obra de arte, un derroche visual y sonoro abrumador que hacen que esta película vaya dirigida más a los sentidos y al corazón que al intelecto, y dicen que en eso consiste cualquier expresión artística. No esperen la Obra Maestra que la mayoría de los críticos dicen que es. Para el que esto escribe está lejos de serlo, pero no obstante los que vayan a verla (es imprescindible hacerlo en el cine, de lo contrario no tendría sentido) podrán deleitarse con dos de las horas más frenéticas y amenas de sus vidas, y no es poco.
Lo mejor: dirección, fotografía, música, interpretaciones, su rompedora estructura.
Lo peor: su falta de credibilidad en numerosas ocasiones, su maniqueísmo y simplismo.
No me gusta el cine español, pero siempre hay honrosas excepciones, así que la película recomendada de la semana es española. Quizá una de las mejores películas nacionales que se han hecho nunca, aunque no gozara de la repercusión que merecía, y es que siempre que se hace algo arriesgado, contracorriente, parece que hay que silenciarlo.
Smoking Room (2002)
Una sucursal española de una empresa multinacional norteamericana ha decretado la prohibición de fumar en todo el edificio. Los que quieran hacerlo tendrán que salir a la calle o subir a la azotea. A partir de ese momento lo que se inicia es la odisea de un trabajador para recoger firmas que permitan presionar a la empresa para que habiliten una sala para fumadores con el fin de no morirse de frío en la calle. La película es anterior a la ley contra el tábaco que prohibe fumar en los centros de trabajo por lo que puede parecer que ha perdido parte de su vigencia. Pero lo curioso es que no es así, y es que ésta sólo es la premisa para hablar de algo mucho más serio que afecta a todos: el actual clima laboral y empresarial.
Smoking Room, dirigida por J.D. Wallovits y Roger Gual y protagonizada por un genial Eduard Fernandez (el resto del reparto está igual de bien) es un crudo y desalentador relato de las actual situación laboral de la práctica totalidad de los países desarrollados, algo que sin duda se habrá visto agudizado por la crisis económica. De modo que es uno de los mejores momentos para ver esta película, una despiadada crítica al sistema capitalista, marcado por la paranoia, el arribismo y la supervivencia en la que los directivos se veran retratados, pero de la que tampoco escaparan los empleados corrientes. Todos (salvo el heroico protagonista) son descritos como depredadores, individualistas y egoístas que harán cualquier cosa para prevalecer en un sistema carazterizado por la inseguridad y la incertidumbre. No os la perdáis. Os deja una de las muchas escenas memorables de la película.
sábado, febrero 14, 2009 | 1 Comments
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La duda
Una impresión previa de una película como La duda nos hará pensar que se trata de una enésima denuncia de los “horrores” y abusos de la Iglesia Católica, o en cualquier caso que se trata de una historia anticuada ambientada en tiempos pasados y por lo tanto ya superados, pero esta sería una lectura superficial e injusta de un relato atemporal y universal, que no se circunscribe en exclusiva a los estrechos márgenes de la institución religiosa. La duda comienza como un conflicto entre la voluntad aperturista de un sacerdote (Philip Seymour Hoffman) y la resistencia de la estricta y disciplinada directora (Meryl Streep) del colegio en el cual se halla la parroquia. Son tiempos de cambio, sólo un año después de la muerte de John Fitzgerald Kennedy, y el párroco siente la necesidad de abandonar las antiguas técnicas basadas en el temor como camino a la rectitud y conceder a la Iglesia unos aires más amistosos y modernos. La monja que dirige el centro se niega de forma rotunda a cualquier cambio. Pero lo que en principio es el clásico debate entre los viejos y los nuevos tiempos, entre la obediencia ciega a la jerarquía establecida y el diálogo, pronto se convierte en un apasionante estudio de una de las cualidades más intrínsecas de la naturaleza humana: el prejuicio, y como este sentimiento desemboca en la sospecha de lo terrible y como al final lo que comenzaba siendo una duda se transforma en la certeza.
La duda es una película impecable, de ambiciones formales escasas, salvo esa efectista manía de su director de inclinar los planos para conferir artificialmente tensión cuando no es necesario, y es que todos los logros de esta cinta se hallan en sus diálogos, precisos, afilados, y en sus actores. No es casual que los cuatro intérpretes con cierto peso en la trama (Meryl Streep, Philip Seymour Hoffman, Amy Adams y Viola Davis) hayan sido nominados al Oscar, acreditando el que es el mejor reparto del año. No hay nada que decir respecto a Meryl Streep, que aquí es capaz de infundir un terror atroz desde su primera aparición o de Philip Seymour Hoffman (sería injusto que este brillante actor, el mejor del momento, pasará a la historia por su imitación, que no interpretación, de Truman Capote en la cinta homónima, y no por sus actuaciones en La familia Savages, Antes que el diablo sepa que has muerto o La duda), que aquí exhibe un carisma que sirve de antítesis al carácter implacable del personaje de Streep. Pero, pese a todo, el mayor reconocimiento se lo merece Viola Davis, que si bien su intervención se limita a tan sólo cinco minutos, ésta sólo puede definirse como descomunal.
La duda no es una cinta dinámica, no hay apenas cambios de escenarios, evidenciando su origen teatral (toda la acción se centra en la Iglesia y el colegio), no tiene un final espectacular, más bien dejará frío a la mayoría debido a su ambigüedad (aunque, no obstante, es la más coherente de todas las conclusiones posibles), ni grandes giros de guión que dejen al espectador con la boca abierta. Lo que la hace única son sus batallas dialécticas. Casi todas las escenas están construidas como un enfrentamiento de gran altura intelectual (el progreso contra la tradición, la prueba racional contra la certeza personal, la inocencia contra la sospecha…) ejecutado por cuatro interpretes en estado de gracia. La duda nos hace reflexionar durante su visionado, y mucho después de éste, acerca de los peligros del cotilleo y la difamación (impagable el segundo sermón que el cura pronuncia en la Iglesia acerca de este tema) y sobre la naturaleza de la duda y de la certeza, y de cómo esta última no es otra cosa que una sensación subjetiva más, aunque se perciba como todo lo contrario.
Lo mejor: practicamente todo, desde los diálogos hasta los actores, en especial Viola Davis.
Lo peor: alguno momentos en los que el director quiere destacar más de lo debido, pero nada importante.
La película recomendada de la semana está protagonizada por Nicolas Cage, actor que no soporto salvo en contadas excepciones (Leaving Las Vegas, El señor de la guerra, y la película que hoy nos ocupa). Escrita por Charlie Kauffman, quizá el mejor guionista de la actualidad y una de las personas con la mente más libre y anarquica que se puedan conocer (eso quiere decir que está completamente loco y su público y los que disfrutamos con su cine lo agradecemos), en la recomendación de hoy Cage interpreta, en un ejercicio de vanidad de quien no oculta que cualquier guinista lo único que hace es escribir sobre si mismo, al propio Kauffman.
Adaptation (el ladrón de orquideas) (2002)
Charlie Kauffman es un guionista brillante respetado por profesionales y público, pero cuando acepta escribir la adaptación cinematográfica de la nóvela El ladrón de orquideas, escrita por una periodista del New Yorker (interpretada por Meryl Streep), toda su seguridad acaba desvaneciendose. Nunca antes había escrito una película basada en la obra de otro y él quiere ser respetuoso con el material original. La novela versa sobre la historia real de un hombre que dedica su vida a la busqueda de la orquidea fantasma, una modalidad muy especial de las más de 30000 especies de orquideas. ¿Cómo escribir una adaptación de una novela que no va sobre nada? ¿Cómo escribir sobre orquideas, sobre la fascinación por esta flor? Kauffman está harto de las grandes historias, de las películas que dan grandes lecciones sobre la vida. Él sólo quieres escribir sobre flores. ¿Pero cómo?
Lo que sigue es un descenso a los infiernos del proceso creativo (para el que esto escribe, es la película que mejor describe esto), acerca del desafío de un autor acostumbrada a autoretratarse y cuya arrogancia y autocomplacencia le impide tratar temas que le son ajenos, y también es un estudio de las pasiones, de la forma en como las personas se aficionan por algo para esculpir el mundo a un tamaño más manejable. Adaptation es una rareza, pero es la película más convencional que haya escrito Charlie Kauffman. Quienes quieran difrutar de su ingenio en estado puro que ven Olvídate de mí (su mejor película) y sobre todo la que es la cinta mas surrealista que he visto nunca, Como ser John Malkovich.
Os dejo una escena de la película:
sábado, enero 31, 2009 | 0 Comments
Sala 0
Revolutionary Road
Si bien se había dado a conocer y había obtenido el aplauso de la crítica ya por finales de los años 80 en los teatros del West End londinense, no fue hasta 1999 cuando Sam Mendes obtuvo fama y prestigio internacional con su ácida y corrosiva visión de la vida de los suburbios norteamericanos, que plasmó en la genial American Beauty. Tras ésta, y antes de regresar a su tema predilecto, rodaría las también muy recomendables Camino a la perdición y Jarhead. Ahora vuelve a hacer lo que mejor sabe: meter el dedo en la llaga y retorcerlo hasta tocar hueso. Y a pesar de que las intenciones son similares, el tono de Revolutionary Road poco tiene que ver con el de la cinta protagonizada por Kevin Spacey, cuyo barniz de comedia satírica y en apariencia frivola, hacía parecer ajeno a nuestras propias vidas lo que en realidad era un preciso y fiel retrato de cada uno de nosotros. Mendes vuelve a incidir en ese retrato, pero ahora lo hace sin atajos ni ataduras. Revolutionary Road nos arrebata cualquier atisbo de duda. Ya no hay posibilidad de preguntarse: "¿me estás hablando a mí?". Ahora Mendes habla directamente de cada uno de nosotros. Nos agarra de los hombros, nos zarandea y nos pregunta: "¿qué coño estás haciendo con tu vida?".
Revolutionary Road habla de esos barrios residenciales situados en las afueras de las grandes ciudades norteamericanas, urbanizaciones formadas por cientos de casas idénticas, dispuestas en hilera y con cuidados jardines. Esos hogares acogen a una multitud de amas de casa que cuidan de sus hijos y hombres que trabajan cada día de nueve a cinco (otros hasta las siete). Todas esas casas escrupulosamente ordenadas dibujan una perfección ilusoria porque sus muros guardan los secretos de Norteamérica (y por extensión de la práctica totalidad del público adulto occidental y con hijos), pero sobre todo guarda los sueños ahogados por la aceptación de unas normas y de una forma de vida que ninguno de ellos ha diseñado, un estilo de vida que etiqueta a los cuerdos de locos y a los locos de cuerdos (no obstante el personaje más razonable y lúcido de la película acaba de salir del psiquiátrico), que confunde la seguridad con la felicidad y a los idealistas con los temerarios. Decir que se trata de la película imprescindible de nuestro tiempo y un toque de atención impagable es poco, decir que es perfecta, también. Nunca una película había esgrimido un discurso tan valiente, avanzado, impopular y sobre todo incómo como el de Revolutionary Road. Pocas veces una película logra aterrar y violentar al espectador de una forma tan visceral y redentora, y es precisamente por esto por lo que, la que es a juicio del que esto escribe la mejor película de la temporada y una de las cinco mejores películas de los últimos quince años, ha sido ninguneada de una forma tan injusta en la presente edición de los Oscar, que se entregarán el próximo 22 de febrero.
Sobran los calificativos para Kate Winslet (la mejor actriz del momento) y Leonardo DiCaprio (uno de los mejores actores de su generación). Ambos hacen gala de una entrega total a sus personajes. Se dejan absorver por ellos hasta transformarse en la personificación de la derrota y la rendición, en el reflejo de cada uno de nosotros presentes o futuros, o si se quiere de nuestros padres. Revolutionary Road puede ser la película más deprimente del mundo, o si se sabe interpretar y aprender de ella, una de las historias más enriquecedoras e inspiradoras que se pueden ver en una sala de cine, pero por encima de todo destaca su voluntad, respaldada por sus devastadores resultados, de dinamitar la que nuestra sociedad sacraliza como la única estructura válida para la felicidad: el matrimonio y por extensión la familia.
Lo mejor: todo.
Lo peor: nada.
Y si Revolutionary Road es una película grave, con aspecto y objetivos trascendentes, la película que os propongo ver hoy fuera de los cines es todo lo contrario. Y es que el cine no son únicamente dramas que dan grandes lecciones sobre la vida, tan digno es el cine de entretenimiento cuando éste logra, valga la redundancia, entretener (y con ello no me refiero a lo que consigue, por poner un ejemplo al azar, la saga Transporter). La película que os recomiendo tiene en uno de los papeles principales precisamente al protagonista de Transporter, Jason Statham, al que acompañan interpretes de la talla de Brad Pitt y Benicio del Toro. Dirige el ex-marido de Madonna, Guy Ritchie.
Snatch. Cerdos y diamantes (2000)
Un ladrón de diamantes acaba de dar su último golpe. Debe entregar una de estas piedras a su jefe, pero antes será tentado por otro hombre, que conoce su adicción al juego, para que haga una apuesta por él en un combate de boxeo clandestino. En realidad se trata de una excusa para robarle el diamante. Al mismo tiempo un promotor de boxeo ve como su luchador ha caído noqueado por un gitano, especialista en el boxeo sin guantes. Aterrado por la reacción del sanguinario hombre que organiza estos combates, tendrá que buscar otro luchador cuanto antes. ¿Qué mejor que pedirselo al gitano?
Snatch. Cerdos y diamantes es una disparatada comedia, llena de acción y humor negro, en la que se dan cita promotores de combates de boxeo clandestino, ladrones de joyas, matones a sueldo... y un sinfin de personajes, cada cual más divertido y surrealista, y todo ellos aderezado con una sorprendente estructura que alterna tramas en apariencia inconexas hasta una conclusión impensable. Hay poco que decir de una película como esta. Sus diálogos son frescos y siempre brillantes, todos los actores, sin excepción, bordan sus papeles... y todo ello sin animo de trascender. Ritchie jugó a ser Tarantino y sin llegar a suponer una revolución semejante, sí que ha creado escuela. Una pena que Madonna se cruzara por medio y le robara el talento.
Os dejo una escena de la película:
sábado, enero 24, 2009 | 0 Comments
Sala 0
Siete almas
En los últimos años Will Smith ha dado muestras de una versatilidad interpretativa sin parangón. Capaz de interpretar personajes cómicos y dramáticos, hombre de acción y corrientes con una facilidad pasmosa y siempre con la misma eficacia, el actor afroamericano se ha convertido sin lugar a dudas en el más popular del mundo y en una de las personas del universo del espectáculo más queridas y admiradas. En esta ocasión repite con el cineasta italiano Gabriele Muccino, con el que ya colaboró en la mediocre pero distraída apología del capitalismo más feroz que fue En busca de la felicidad. Siete almas no se aleja demasiado de los derroteros sentimentales y de manipulación emocional que guiaron a la anterior, pero sí lo hace con intenciones, que no mecanismos, más nobles y honestas.
Siete almas está rodeada por una nebulosa grandilocuente y metafísica. Dotada de una estructura premeditadamente confusa, que impide en principio conocer el sentido y después las razones que impulsan al protagonista a implicarse de una forma tan altruísta en la vida de siete desconocidos, la película posee su mayor defecto en el agotamiento de esa misma estructura, en forma de rompecabezas y planificada con el único fin de que nos quedemos atónitos con su final mesiánico y redentor. En ese sentido el director y su guionista "se las dan de listos" y es que cualquier espectador puede adivinar el final sin demasiadas complicaciones antes de que la película haya alcanzado la mitad de su metraje, y es aquí precisamente donde el público puede sentirse defraudado y pensar que esta cinta sólo es una burda maniobra de despiste para tontos, obviando así sus innumerables virtudes internas y que se trata de un drama y no de un thriller, y que los primeros tratan de conmover y los segundos de sorprender. Y lo cierto es que a menudo la nueva pelicula de Will Smith es un potente drama que cumple con creces su propósito de emocionar al espectador.
Poco importan todos los actores secundarios que encarnan a las otras seis personas que el protagonista trata de ayudar con el fin de cambiar drásticamente unas cuantas vidas segadas por el dolor, la enfermedad y la amenaza constante de una muerte inminente. Todas las subtramas que otorgan sentido completo a la obra de redención que emprende este hombre para aliviar su culpa, sólo son la excusa que el guionista esgrime para posibiliatar la historia de amor central sobre la cual se vertebra el film. Y es aquí donde la historia tiene sus mejores bazas, en la perfecta sintonía entre sus dos interpretes protagonistas (un notable, aunque con sus tics habituales, Will Smith) y una soberbia (jamás comprenderé porque esta actriz infinitamente más talentosa y hermosa que Scarlett Johansson no goza del estatus de esta ultima) Rosario Dawson. Sobre ellos dos y especialmente sobre ella descansan los momentos más inspirados de una película que no merecía la tibia recepción crítica que se le ha dado. Es en sus miradas y palabras, en la ilusión recobrada de ella al vislumbrar un hálito de esperanza y en la réplica amarga de él, intentando no rendirse al amor y anticipando la tragedia en cada uno de sus pasos, donde la película gana enteros. Es una pena que tan buenas intenciones no se vean arropadas por una estrucutura menos efectista y más inteligente, que comete la gan estupidez de tratar de tonto al espectador. Si éste es capaz de olvidar eso podrá disfrutar con esta bella historia de amor en la que no importa tanto el conjunto como los detalles.
Lo mejor: los actores, especialmente una impresionante Rosario Dawson y el guión cuando éste se centra en la relación que entabla ella con el personaje que interpreta Will Smith.
Lo peor: una estructura demasiado ambiciosa que pretende ser más inteligente e imprevisible de lo que en realidad es.
Y ahora la película recomendada de la semana, en cierto modo un ejercicio de cine completamente opuesto a Siete almas y el paradigma de una película despojada de todo artificio.
Paris, Texas (1984)
Un hombre camina por el desierto en la frontera que separa Texas de México. El calor asfixia, está al borde del colapso. No sabemos nada de él, de donde viene, a donde se dirige. Parece salido de la nada y la nada parece ser un destino. Quizá sólo camine por la inmensidad intentando desvanecerse en el infinito, quizá sólo quiera perderse hasta que la memoria se pierda con él, olvidar un terrible pecado que sólo la soledad de desierto pueda purgar o quizá se dirige a París, y no al París de Francia, sino a París, Texas.
París, Texas es la obra más emblemática del cineasta alemán afincado en Estados Unidos Wim Wenders, resposable de otras cintas tan recomendables como El amigo americano, El cielo sobre Berlín o Tierra de abundancia. No voy a decir nada más de esta película, cual es el tema que aborda, ni las sensaciones que asaltan al espectador una vez ha terminado…, porque eso supondría dar alguna pista sobre su final, y en este caso toda la película (un drama sensible y tosco al mismo tiempo, tierno y melancólico) está al servició de su conclusión, una larguísima escena, un monólogo vital en el que el protagonista realiza su confesión y desnuda su alma de una forma que te deja exhausto, que te obliga a desnudarte con él. Toda la película tiene un único fin: hacer que ese acto de expiación cobre una fuerza inusitada y brutal. No es un final sorprendente como el de “El sexto sentido”, “Testigo de cargo” o “Sospechosos habituales”, pero para el que esto escribe es el mejor final y la mejor escena de la historia del cine, capaz de dejarte sin aliento durante horas. El único inconveniente es que sea irrepetible, que no puedas volver a experimentar ese final por primera vez nunca más.
Os dejo un video del comienzo de la película que además incluye la genial y minimalista banda sonora que Ry Cooder compuso para la película.
Y hoy, de forma excepcional y quizá invadiendo el cometido de algún otro miembro de este blog, como Merayo, voy a recomendar una serie de televisión que descubrí estas navidades. No ha llegado a España, salvo a plataformas de pago, y quizá nunca lo haga a una cadena de carácter generalista. Si lo hace será maltratada hasta la saciedad, relegada a horarios intempestivos o será un rotundo fracaso de audiencia, ya sea por su extrema violencia, por su compleja, audaz y sombría disquisición sobre la ley, sobre la autoridad y sus límites (y en definitiva sobre si a veces el fin justifica los medios), o porque su incuestionable y sublime calidad no sea apta para un público malacostumbrado a engancharse a auténticos bodrios que acreditan el apelativo de “caja tonta” que se le ha otorgado a este medio desde su nacimiento. Y es que si hay algo más bajo, abyecto e infame que los programas del corazón en la televisión nacional, esa cosa son las series. Y con ello no estoy respaldando a los aún más ruines detractores de productos como Física o química o Sin tetas no hay paraíso, a las asociaciones de padres y defensores del telespectador y en definitiva a todas las cohortes de guardianes de lo correcto y de la moralidad. No voy a apoyar a los que se llevan las manos a la cabeza y consideran escandaloso el romance entre un narcotraficante y su bella damisela porque supuestamente hace apología del delito, porque si existe una serie controvertida y escandalosa (y siempre de forma no gratuita) es la que deseo recomendar hoy. Si detesto las series españolas es por su nula calidad artística, por sus personajes estereotipados, por su maniqueísmo, por sus actores sobreactuados, por su ausencia de planificación, por su supeditación a la audiencia, a la cual invocan para sobrestirar tramas gastadas que retuercen y retuercen sin fin. La serie que os recomiendo es The Shield, que comenzó su emisión en 2002 y finalizó el pasado año después de 7 temporadas y 88 capítulos de 45 minutos, todos ellos vibrantes y magistrales. La serie concluyó en el momento oportuno, sin que en ningún instante mostrara señales de agotamiento, como si todo estuviera planificado desde el principio para que tuviera esa duración con independencia de la desilusión que conllevara en su audiencia, y además lo hizo con un final demoledor, desolador, sin concesiones.
The Shield es una serie policiaca, pero esto no debe llevar a engaño. No tiene nada que ver con Policías de Nueva York y CSI, no tiene absolutamente nada que ver con ninguna serie policiaca que se haya hecho antes. Narra la vida en la comisaría del distrito ficticio de Farmington en la ciudad de Los Ángeles, un distrito marcado a fuego y sangre por bandas de mejicanos, hondureños, armenios, orientales, afroamericanos…. La comisaría, una antigua iglesia rehabilitada para la ocasión, es apodada por sus policías como la cuadra. Entre estos se encuentra Julien, un policía negro que acaba de ingresar en el cuerpo. Es un devoto religioso y homosexual, lo cual le llevará a entrar en conflicto consigo mismo. Su agente instructora es Danny (a pesar del nombre es una mujer). También hay una pareja de detectives formada por una exigente y veterana mujer de color llamada Claudette y por Dutch, un hombre de gran inteligencia y experto en la mentalidad criminal que parece obsesionado con asesinos y violadores en serie. El capitán de la comisaría es David Aceveda, un hispano que desea limpiar el departamento de la corrupción con el fin de anotarse el tanto que le permita ser concejal. Pero el protagonista de la serie es Vic Mackey (interpretado por un sobrecogedor Michael Chiklis), jefe del equipo de asalto (en el que están otros tres policías: Shane, Lem y Ronnie). Vic no es un policía corriente. Es corrupto, salvaje, no duda en torturar para sonsacar una confesión, en llevarse parte del dinero y la droga incautada a los delincuentes para untar a estos mismos en busca del próxima chivatazo, en quedarse parte de ese dinero para él y para su equipo, para cuando se jubilen y la pensión no sea suficiente, en proteger y filtrar el lugar y el momento de las redadas a algunos camellos… Sin duda el mayor logro de esta serie es su capacidad para hacernos comulgar con un personaje como éste, corrupto hasta la médula, violento hasta la nausea, pero también sensible y leal hasta las últimas consecuencias, un hombre que se sabe peligroso, nocivo y destructor, pero que también sabe que sin él en las calles, éstas serían aún peores. Quien creía que era una gran virtud en una serie como House, que sintiéramos empatía por un personaje tan cínico como el famoso doctor, que vean The Shield para comprobar que todo es gris, para que nos haga dudar de que es lo correcto, que nos obligará a reformular nuestro código de valores, aquello que consideramos reprobable. Siento el rollo que os he soltado, pero era la única forma de convenceros para que os hagáis un favor: dejad de ver Sin tetas no hay paraíso, Física o química, El internado y ved esta serie maravillosa, y que podréis encontrar fácilmente en la red, y que además es mejor que el 99 % de las películas que se estrenan cada semana.
sábado, enero 17, 2009 | 1 Comments
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My Blueberry Nights
Año y medio después de estrenarse en Estados Unidos, llega a las pantallas españolas My Blueberry Nights, primera película en suelo norteamericano y con actores norteamericanos del cineasta chino Wong Kar-Wai, autor de Obras Maestras como Chungking Express o el díptico sobre el amor y la perdida que conforman Deseando Amar y 2046. My Blueberry Nights no es una de sus mejores películas, de hecho es una de las más flojas, lo cual no quiere decir que sea mala, sino todo lo contrario. Partiendo de un guión fragmentado en tres episodios casi independientes y con el personaje protagonista, interpretado por una notable Norah Jones en su debut cinematográfico, como único elemento unitario, puede parecer una película inacabada, o bien un cortometraje alargado hasta la extenuación. Y es que la historia, la de una joven que acaba de ser abandonada por su novio y emprende un viaje, más espiritual que físico, a través de los Estados Unidos, con el fin de encontrarse a sí misma y superar el desencanto, lo cual le llevará a conocer a varios personajes que serán un reflejo de sí misma y le ayudarán a crecer (un policía alcohólico que no acepta la separación de su mujer, una jugadora de poker que no confía en nadie), no es más que una excusa para que Wong Kar-Wai despliegue todo su virtuosismo visual.
Poco importa la trama, anecdótica y con una estructura circular. Es un viaje con retorno al punto de partida en la que el personaje protagonista no es más que el testigo privilegiado de los retazos difuminados de varias vidas mutiladas por el deseo y el desamor. Lo que de verdad importa en esta película y en gran parte de la filmografia de su autor son los instantes aislados, los pequeños momentos que para cualquier otro director y que incluso en la vida misma pasan inadvertidos: una mirada furtiva, la entrada de una mujer atractiva en un bar, un beso, una lágrima, una caricia, una bocanada de humo... En manos de Wong Kar-Wai esos momentos poseen una belleza y una tragedia sobrecogedoras. Y a ello ayuda la excelente labor de todo su reparto, desde la citada Norah Jones, a unos Jude Law y Natalie Portman notables, pasando por unos extraordinarios David Strathairn y Rachel Weisz, protagonistas del segmento central, el mejor de los que componen la película. Es una pena que el último capítulo de este viaje, el que protagoniza Natalie Portman, no esté a la altura del resto, porque si lo fuera esta sería una Obra Maestra más de su genial autor.
My Blueberry Nights es el típico guión que en manos de cualquier otro director habria dado como resultado una película mediocre. Es el cineasta chino, quien dotado de una sensibilidad muy poco corriente, confiere a las imágenes de una belleza hipnótica. Wong Kar-Wai distorsiona estas imágenes, las desenfoca, hasta hacer que tengan el grado de fascinación de los sueños. Usa la cámara lenta para capturar los detalles, que lo son no porque carezcan de relevancia sino porque nadie se fija en ellos, salvo él. Punto y aparte merece el uso que hace de la música. Ningún otro director en el mundo sabe acoplar música e imágenes hasta hacer que tengán una sintonía tan asombrosa. Wong Kar-Wai no necesita diálogos ingeniosos, tramas complejas y sorprendentes, ni grandes momentos dramáticos para hacer su cine. Le basta cualquier momento despojado en apariencia de significado para hacer de él pura poesía en movimiento de la tragedia, de la melancolía. Le basta un solo gesto de un solo personaje para atravesar su alma y mostrarnos todo su desamparo y su dolor y para hacernos saber que ese es un estado perpetuo, porque los personajes de Wong Kar-Wai están predestinados a amar para después perderlo, a conocer la mayor felicidad para después no hacer otra cosa que soñar con ella.
Os deja el tema principal de la película, compuesto e interpretado por Norah Jones. Las imágenes que aparecen pertenecena la película. Sobra decir que es una canción preciosa.
Lo mejor: la fotografía, la música, los actores, que cada fotograma sea una obra de arte.
Lo peor: el tercer episodio y que su melancolía disuada a algunos de acercarse a ella.
Si la crítica de la semana correspondía a una película de uno de los mejores directores asiáticos, la recomendación también. Se trata del coreano Park Chan-Wook (junto al Wong Kar-Wai, Kim Ki-Duk y Zhang Yimou, el mejor director del lejano oriente). La película se encuadra en lo que se ha denominado la trilogía de la venganza, iniciada con Sympathy for Mr. Vengueance (2002) y acabada con Sympathy for Lady Vengueance (2005). Entre medias se sitúa la que es la mejor película de su director y una de las películas más revolucionarias de las última decadas.
Oldboy
Un padre de familia corrientem aunque con cierta adicción a la bebida, desaparece repentinamente. Aparece en una habitación del séptimo piso de un edificio en el que están confinados más personas como él, aquellas que deben expiar una culpa, al menos a juicio de quien paga religiosamente para que alguien a quien odia sea encerrado hasta que el cliente diga lo contrario. Le pasan la comida, tiene retrete, ducha e incluso televisión. No se puede decir que le traten mal. Quieren mantenerle con vida. Él sólo quiere saber cuanto tiempo durará su cautiverio, cree que así será más llevadero. Al año ve por televisión la noticia del asesinato de su mujer. La policía ha encontrado su sangre y sus huellas en el escenario del crimen. Es el único culpable. Sufre alucinaciones: hormigas trepando por su cuerpo. De vez en cuando y después de que suene una macabra música, la habitación se llena de gas. Él cae dormido. Cuando despierta le han cortado el pelo, cambiado de ropa y le han limpiado la habitación. Sólo le motiva una cosa. Sólo hay una cosa que le ate a la vida y a la cordura: salir de allí para encontrar al responsable de su encierro. Escribe una especie de diario de prisión y junto a él los nombres de todas las personas a las que ha pegado, herido o molestado a lo largo de su vida. La lista es interminable. A los quince años despierta en una azotea. Es libre. Sólo una cosa le motiva: la venganza. ¿Pero quien se está vengando de quien?
Ríe y todo el mundo reirá contigo. Llora y llorarás solo.
Cuando todo el mundo creía que todo estaba inventado, que cualquier fórmula narrativa o argumento había sido utilizado ya y el cine no hacía más que repetirse, llegó Oldboy para demostrar que éste es un arte aún en pañales. Oldboy es una tragedia mayúscula, hinchada, hiperbólica, que sacaría los colores al mismísimo Shakespeare, que se ve entre la conmoción y la incredulidad, que cuenta con el final más inesperado, salvaje y cruel que nos ha dado el cine. Los que crean que el final de El sexto sentido o de Sospechoso habituales es insuperable que vean Oldboy para quedarse meditabundos y embelesados durante horas, en estado de shock. No voy a decir nada más de esta película porque ninguna palabra le haría justicia a semejante poderío visual y narrativo. Si My Blueberry Nights era poesía del deseo y del desamor, Oldboy lo es del odio, de la desesperación y de la venganza, y de como tras ésta no queda nada.
sábado, diciembre 13, 2008 | 0 Comments
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Mongol
Parte de la mitología que rodea al guerrero, gobernante y conquistador mongol Gengis Khan lo describe como un tirano, un hombre cruel dispuesto a las mayores atrocidades con tal de culminar su vasto imperio. Mongol, película que representó a Kazajstan en la categoría de mejor película de habla no inglesa en la pasada edición de los Oscar, es la versión desmitificadora de la historia. En ella el celebre conquistador es un hombre implacable e inflexible, pero no por ello dejaba de ser alguien integro dispuesto a llevar la paz y la unidad a una Mongolia dividida por los clanes y el pillaje. Aunque quizá ya haya tiempo de ver algunas de esas atrocidades, porque Mongol, que tan solo es el relato del origen (una infancia durísima en la que es constantemente perseguido por el hombre que traicionó a su padre, en la que entabla amistad, e incluso fraternidad, con el que después será su más acerrimo enemigo en la lucha por el control de Mongolia y en la que conocerá a su esposa que le dará dos hijos de otros hombres, que sin embargo son aceptados por el futuro conquistador con admirable resignación) y el ascenso al poder de Gengis Khan, es la primera de una trilogía en la que no se muestra ninguna de las proezas o infamias invasoras por las que ha pasado a los anales de la historia como el hombre que reunió el mayor imperio jamás conocido.Mongol es una película que se ve con agrado en sus algo más de dos horas de metraje, las cuales se quedan cortas para narrar tan intensa vida. Los que esperen grandes batallas, que las hay, pero pocas, saldrán decepcionados, pues éstas ocupan una parte mínima de la película, aunque eso sí, son espectaculares, sangrientes y excelentemente coreografiadas. Más que un relato épico sobre las aventuras de Gengis Khan, ésta es la radiografía intimista del hombre, llamado Temujin, que hay detrás del guerrero, de su amor por una mujer en un país y en una época en las que éstas no tenían ningún valor ("Para un mongol su caballo es más importante que su mujer" dice uno de los personajes) y de los acontecimientos dramáticos que marcaron su vida y definieron sus ideales (fue traicionado, perseguido, esclavizado). El proverbio mongol con el que comienza la película reza: "No menosprecies al cachorro débil porque se puede convertir en un tigre feroz". Mongol es también una película costumbrista que muestra las terribles y penosas condiciones de vida de las poblaciones nomadas mongolas, no muy diferentes a las de hoy en día (recomiendo el visionado de la excelente La boda de Tuya para conocer la vida en la actual estepa mongola, impropia del siglo XXI), así como las tradiciones y supersticiones que marcan cada una de sus decisiones.
Mongol se las ingenia para ser una película ágil y reflexiva a la vez. No hay tiempo para aburrirse con esta historia que no da tregua al espectador, aunque quizá sus abundantes saltos temporales resulten en ocasionaes excesivos y forzados. Muchas de estas elipsis dejan a la historia algo coja, como si hubiera una buena parte del metraje rodado que se ha abandonado en la mesa de montaje (como logra sobrevivir siendo niño al frío de la estepa mongola estando completamente solo, como reúne Temujin a su ejercito...). En definitiva, una película recomendable que entretiene sin apasionar y que en nada tiene que envidiar a producciones similares hechas por Hollywood.
Lo mejor: las interpretaciones, las batallas, pocas, pero contundentes, la apuesta por un relato más humano que épico.
Lo peor: alguna elipsis y cierta falta de ambición que la haga destacar.
Y ahora la película recomendada de la semana. Se trata de una de las comedias (de esas crueles que hace que te preguntes constantemente de que te estás riendo. Una comedia no de carcajada distendida, sino de sonrisa culpable) más irreverentes, provocadoras, escandalosas, pueriles y geniales que se han hecho nunca. A los que American Beauty (por otra parte extraordinaria película) les parezca una fantástica sátira inmisericorde sobre la familia de clase media norteamericana, les aconsejo encarecidamente que vean la película de esta semana para saber lo que es no tener piedad ni con la familia (tema que trata) ni con el espectador.
Happiness (1998)
Nueva Yersey. Un matrimonio de jubilados está a punto de separarse. Él quiere estar solo. Ella seguramente no le soporte (al igual que él a ella), pero llora desconsolada, aunque dice que sólo lamenta que no la huebiera abandonado veinte años antes porque ahora tendrá que hacerse otro maldito lifting. Una de sus tres hijas (la mediana) es una exitosa escritora sumida en un mundo deprimente, banal y superficial. Sólo encuentra hombres guapos y triunfadores que besan por donde ella pisa. Necesita un hombre sincero, algo de autenticidad. Quizá ese hombre es su vecino, un hombre feo y gordo que nunca sale de casa y que pasa el tiempo, armado con las páginas amarillas y su teléfono, haciendo llamadas obscenas a desconocidas a las que usa para masturbarse. Lo único que respeta es a su hermosa vecina (la escritora) a la que ama en secreto (si ella pudiera saberlo, puede que fuera correspondido. Pero no se atreve a decirle nada). Él único que conoce ese amor secreto es su psicólogo, un hombre con una vida perfecta. Tiene una mujer que le ama (la hija mayor del matrimonio de jubilados que quiere separarse), tres hijos, un buen trabajo. Sólo tiene un problema. Compra revistas infantiles (con fotos de niños) y se masturba en su coche con ellas, y puede que esté dispuesto a llegar más lejos...
Todd Solondz, sin duda el cineasta mas polémico que existe, hizo lo imposible con Happiness (su mejor película): escandalizar en unos tiempos en los que el arte de la provocación estaba praticamente al alcance de nadie, en unos tiempos en los que todos asumimos que el cine puede valerse de cualquier recurso (sexo explicito, violencia extrema...) para lograr sus fines, y además lo hizo sin usar ninguna de esas dos técnicas antes citadas, tan solo usando el diálogo más mordaz que nadie pueda imaginar. Happiness es una película insoportable para muchos. Grotesca, perversa, obra de un psicópata sexal, también es un análisis inclemente de la soledad y como esta puede trastornar a cualquiera. No os la perdáis.
El video que os dejo corresponde al inicio de la película, la escena menos escandalosa, pero no por ello menos cruel.
sábado, diciembre 06, 2008 | 2 Comments
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La Ola
La película alemana La Ola venía precedida de un enorme éxito de taquilla en su país, algo sorprendente si se tiene en cuenta que esta propuesta, que plantea la posibilidad de que el nazismo o un régimen similar vuelva a surgir en nuestros días, triunfaba en una nación poco proclive a repasar sus demonios. Una lectura profunda de La Ola evidenciará sus loables fines didáctivos, su advertencia de alerta frente a un posible renacimiento de nuevos extremismos en una sociedad que cree haber aprendido la lección impartida por la historia, a la vez que presenta el eterno conflicto entre la determinación individual y la fuerza del grupo. Y lo hace partiendo de una premisa de lo más original y atractiva, el experimento que llevó a cabo un profesor de historia en un instituto alemán en el marco de un ciclo de clases sobre la autocracia. El profesor, harto del escaso funcionamiento y del poco interés que despierta en los alumnos una explicación convencional, decide imponer, con el fin de exponer el tema, una especie de régimen dictatorial entre los alumnos de su clase. Todos adoptarán un uniforme común, un saludo, se levantarán cuando quieran hablar en clase y tratarán al profesor como un líder (al estilo de Hitler). La clase formará de este modo un grupo fascista autobautizado como La Ola. El experimento sólo dura una semana, pero llegará más lejos de lo que cualquiera pueda imaginar.Pero una primera lectura más cinematográfica y quizá más superficial revelará que La Ola es una película fallida de principio a fin porque atenta de forma flagrante contra el principio capital de toda buena película: la credibilidad. Y este defecto resulta aún más grave cuando lo que se presenta en pantalla se hace, no en clave de sátira política o comedia surrealista, sino de drama pretendidamente realista. Y además está basado en hechos reales, acaecidos en 1967 en California, aunque adaptados a la actualidad y a Alemania, y trata de convencernos de que las dictaduras fascistas pueden extenderse de nuevo en sociedades democráticas y teoricamente avanzadas, no obstante el eslogan de La Ola reza "¿Crees que no se podría repetir?". Al ver esta cinta el espectador se pregunta una y otra vez si le están tomando por un completo imbécil, y es que nadie en su sano juicio puede asimilar un mensaje semejante, en un instituto alemán, francés o español, y comportarse como un fascista consumado y convencido. Le bastan dos días a este profesor para que sus alumnos asuman la ideología y metodología nazi dentro y fuera de las aulas, para que llenen la ciudad de pegatinas y pintadas con su logotipo y excluyan del grupo a los que no llevan una camisa blanca (uniforme del movimiento).
Al final lo que queda es un tema ambicioso, provocador y muy interesante echado a perder de la forma más burda, que ni siquiera levanta el vuelo en su terrorífico final (único punto fuerte de la película). La Ola intenta hablar de la necesidad de la conciencia de grupo, de una meta compartida que motive una existencia, la occidental, carente de mayor sentido que el del placer individual, y de los peligros que conlleva si el grupo asume sus fines y sus técnicas como los únicos posibles. La Ola pretende ser una parábola sobre los excesos de los nacionalismos, pero nada de eso importa cuando la historia elegida para contarlo resulta tan improbable y sobre todo cuando cree que con ella ha demostrado que el fascismo puede volver a imponerse.
Lo mejor: el final, aunque para entonces ya sea demasiado tarde.
Lo peor: la nula credibilidad de lo que cuenta.
Y ahora como anuncié la semana pasada os voy a recomendar una película imprescindible para cualquier estudiante de periodismo y quizá la mejor película que se ha hecho nunca sobre el mundo de la televisión. Dirigida por Sidney Lumet (cineasta que ya tiene 84 años de edad y sigue dirigiendo tan bien como el primer día. Os recomiendo también Tarde de perros o Antes que el diablo sepa que has muerto. Esta última estrenada este mismo año) en 1976 y con Peter Finch, William Holden, Faye Dunaway y Robert Duvall de protagonistas, se trata de una ácida y visionaria sátira sobre la influencia de la televisión en nuestros días.
Network
Howard Beale es el veterano presentador de los noticiarios de las siete de la cadena de televisión norteamericana UBS. Durante años ha encabezado la lista de popularidad y sus informativos eran un referente nacional. Pero en los últimos meses su popularidad ha caído en picado y los indices de audiencia han descendido. La popularidad es caprichosa y por ello la televisión es una industria volátil en la que la que la guerra de audiencias no entiende de treguas, de respetabilidad, ni de profesionalidad. Howard, viudo, sin hijos, sólo posee su trabajo como locutor televisivo, pero con dos semanas de antelación la dirección le comunica que está despedido. Howard en un arrebato de locura que ya no abandonará anuncia en directo que se "volará la tapa de los sesos" dentro de ocho días. Al día siguiente y antes de dar el relevo a un nuevo presentador sale de nuevo en pantalla con el fin de rectificar, pero los índices de audiencia han vuelto a subir. Howard, impulsado por la ambiciosa responsable del departamente de programación, se convierte en el "profeta iracundo de las antenas". Al mismo tiempo, su mejor amigo y director de informativos es despedido por oponerse al espectáculo en el que se ha convertido los noticiarios de la cadena, e inicia una relación adultera con la joven resposable de programación, una mujer abducida por tan poderoso medio que concibe su propia vida como si fuera un serial televisivo.
Network es una de las películas más necesarias y reveladoras que se han hecho jamás. Muchos de sus presagios sobre el mundo de la televisión ya se han cumplido y otros seguramente lo harán en breve. Su descripción de este medio es lucido, terrible, dominado por un grupo de hombres y mujeres sin escrúpulos, capaces de cualquier cosa para ganar unos puntos de audiencia. Pero no es menos deprimente y desolador el reflejo de este medio en el conjunto de la sociedad y en particular en lo que que la película denomina la generación de la televisión, una generación que no conoce otra verdad que la que emana de la pequeña pantalla, que ha dejado de asimilar sus vidas como reales y adoptan lo visto en televisión como real, mientras que el resto es una ilusión. Pero no es menos lúcida es su visión del mundo capitalista. Las naciones ya no existen. En el mundo global no existe Estados Unidos, ni la Unión Soviética. Las naciones del mundo son Microsoft, General Motors, Coca-Cola... Y nosotros sólo somos los productos, fabricados en serie, para tener miedo y consumir, por esa industria llamada televisión.
sábado, noviembre 29, 2008 | 2 Comments
