CHINCHETAS EN EL MAPA
La semana pasada, tal y como dije, falté a la cita, pero ésta sí regreso para no fallar al público fiel. Hace siete días no publiqué entrada por encontrarme de viaje, el cual, sin ser exactamente de turismo, sí me ha servido para decidirme por un lugar sobre el cual clavar la chincheta de hoy. Vayámonos, pues, a
BELMONTE
25 de mayo de 2009
Tenía claro que, al regreso de este viaje de Madrid, quería probar una ruta alternativa. Explorar carreteras secundarias que me apartaran un poco de la monotonía de la autovía y, de paso, ver de cerca unos cuantos lugares nuevos, de esos que parece que sólo existen en los mapas de escala reducida. Además, la ruta proyectada me llevaba por Belmonte, villa conquense donde nació Fray Luis de León en 1527, con lo cual, no me lo pensé dos veces a la hora de dejarme la A-3 y seguir por vías de la red autonómica de Castilla-La Mancha.
Aunque el destino de mi viaje de vuelta era Ibi, había quedado para comer en La Roda (Albacete). Aún así, iba muy mal de tiempo, puesto que había salido tarde y, además, en los alrededores de Madrid había hecho otra exploración viaria que no me había salido tan bien como ésta. Las rectas y el escasísimo tráfico de las carreteras secundarias de Cuenca me hicieron recuperar algo de tiempo, pero no el suficiente. Aún así, tenía claro que, ya que pasaba por Belmonte, la parada era obligatoria, ni que fuera más que para hacerle la visita del médico.
Una vez en el pueblo, me dejé la travesía de la carretera y me adentré por las calles. En una plaza vi sitio de sobra para aparcar, así que allí dejé el coche. Era la una y diez de la tarde y, en teoría, a las dos me esperaban en La Roda, a unos 70 kilómetros de allí. Si quería ver Belmonte, no me quedaba otra que patearme las principales calles a toda prisa, desenfundando la cámara en cualquier rincón que me pareciera susceptible de ser captado. Lo primero que apareció ante mí, ya en esa misma plaza, fue uno de los arcos de entrada al núcleo histórico (si es que hay algo que no pueda calificarse de "histórico" en este pueblo de apenas 2.200 habitantes). No recordaba el nombre en ese momento; luego ya he visto que se trata del Arco del Almudín, que, visto desde el intramuros de la villa, presentaba este aspecto:
Aunque si hay algo que destaque de Belmonte, aparte de Fray Luis de León, es su castillo del Marqués de Villena, levantado durante el siglo XV. Una de las amigas con las que había quedado para comer en La Roda, bien conocedora de la zona, me había indicado que la fortaleza estaba cerrada por obras, por lo que no podría ver más que el exterior. Por ello, no me molesté en recorrer los aproximadamente dos kilómetros que separan el pueblo del castillo (y menos con lo justo que iba de tiempo), sino que subí a la parte más alta del casco urbano, desde donde se divisaba con una nitidez difícilmente mejorable, y contemplar toda su magnificencia:
Con las obras, la grúa también se contemplaba en toda su magnificencia, pero a ver qué iba a hacer. A saber cuándo vuelvo a tener oportunidad de estar en Belmonte. Así que, además, tenía que aprovechar para hacer fotos en las que apareciera yo, de forma que quedara constancia de mi visita. Reconozcamos que no deja de ser un tanto patético que seas tú mismo quien se haga las fotos en un viaje, pero amigos, es que no me quedaba otra opción. Así que alargué el brazo, me puse a un lado del objetivo, intentando que apareciera el castillo, y, entre muchos intentos, uno de los resultados fue éste:
No podía entretenerme haciendo demasiados experimentos, así que seguí mi veloz ruta por el casco urbano. Tenía a escasos metros la imponente Colegiata de San Bartolomé, situada en lo alto de una loma a los pies de la cual se extiende la mayor parte del casco urbano. Ya que estamos hoy haciendo un derroche de fotografías, ahí va una del templo, para que podáis comprobar que es bien bonito, e intuir, como yo, que por dentro probablemente lo será aún más.
Le eché varias fotos y seguí andando a toda prisa por las callejuelas de la parte alta de Belmonte. Muy cerca de allí había un palacio semiderruido, cercado por una verja de obra, donde un cartel indicaba que el edificio había sido del Infante Don Juan Manuel y que estaba siendo restaurado para convertirlo en una venta dentro de la "Ruta de Don Quijote". Lo poco que quedaba era precioso; se observaban varios arcos apuntados, de estilo claramente gótico, que daban fe de lo que había sido en otros tiempos.
Empecé a bajar hacia donde tenía el coche, buscando de paso el antiguo Convento de Jesuitas, los restos de cuyo claustro conforman hoy una recoleta plaza pública que en las fotos que había visto parecía muy interesante. Pero no la encontraba, y mi reloj se acercaba peligrosamente a las 13.30. Maldije haber explorado carreteras del extrarradio de Madrid, tratando de ahorrar kilómetros y evitar atascos y sumergiéndome entre un reguero de camiones en tránsito hacia decenas de polígonos industriales. De no haber sido por esa memez, hubiera podido ver Belmonte con algo de calma. Pero no era así.
Llegué a la plaza del Ayuntamiento, donde seguía sentado el mismo hombre que, unos minutos antes, me había mirado con una mezcla de indiferencia y sorpresa al verme hacer una foto. Está claro que por Belmonte pasan muchos turistas, pero no creo que sean muchos los que van solos y, además, con una velocidad que parece que les hayan introducido un cohete por vía rectal. Pero las prisas no me podían impedir cumplir con un ritual: comprar un periódico. Al lado del Ayuntamiento había una administración de loterías-estanco, donde intuí que tal vez vendieran prensa. No me equivocaba. Pero, una vez ya con mi ejemplar de El Día de Cuenca en las manos, recordé que tenía un reintegro de la Primitiva sin cobrar. Así que eché mi apuesta para el jueves y el sábado, bromeando con la lotera y su hija (bien atractiva era la moza manchega, por cierto) que "si me toca, vuelvo seguro".
Volví a pasar bajo el Arco del Almudín, haciéndole las fotos que no había realizado en el camino de subida, mascullando en un tono audible cuánta rabia me daba ir con tanta prisa. Creo que un senecto vecino que pasaba bajo el arco en el mismo instante se percató de ello, porque me miró brevemente con esa misma mezcla de indiferencia y sorpresa que había mostrado el paisano sentado en el banco de la plaza. Hay que intentar ver Belmonte con calma, señores.
Al subir de nuevo al coche eran las 13.30 clavaditas. Me había recorrido Belmonte en apenas 20 minutos. Ojalá y llegue el día en que pueda hacer como Fray Luis de León a su regreso a la universidad y soltar aquello de "Decíamos ayer", pero aplicado a que "decíamos ayer que visitaba Belmonte". Es decir, ver este espléndido pueblo con la tranquilidad que merece. Si me toca la Primitiva mañana, vaya si lo haré. Porque ayer ya sé que no me tocó. Acerté nada más un número. Uno solo, que de bien poco sirve.
Este 25 de mayo llegué a La Roda bastante más tarde de lo previsto, pero pude contar a mis amigas que había visto Belmonte. Les expliqué también una simpática anécdota que me ocurrió después, pero eso ya se escapa a la temática de la sección, a no ser que la rebautice como "Pon un pastor autoestopista en tu vida"...
La semana que viene, si puede ser más, señores.
Saludos y hasta la próxima.
29 de mayo de 2009
viernes, mayo 29, 2009 | 0 Comments
CHINCHETAS EN EL MAPA
La inactividad de esta bitácora se hace cada vez más palpable, y las excepciones de Karny y Ángel Muñoz se hacen todavía más honrosas. Por ellos, y por la gente que pueda quedar que lee esta página con frecuencia, me veo en la obligación de seguir aquí hasta que la persona responsable me indique lo contrario. Además, la semana que viene, casi con toda seguridad, no podré sentarme frente al ordenador en la noche del viernes, con lo cual, me parecía adecuado hacerlo hoy.
También he creído oportuno hacer una nueva incursión en la comunidad autónoma donde radica el domicilio social del blog, a modo de guiño hacia quien le pone empeño a sus iniciativas. Aparte de esto, cómo no, se trata de un lugar la visita al cual no me dejó nada indiferente, y tuvo algún momento de esos que dicen "para la posteridad". Es toda una recomendación, pues, el que conozcáis
RELLO
10 de mayo de 2008

Se podía decir que el día era de perros. Llovía de forma constante, a ratos con intensidad, y la temperatura era bastante baja para esas alturas del año. Pero había que aprovechar la ocasión de estar por aquellos andurriales, que tan lejos quedaban de mi lugar de residencia. Aquel 10 de mayo era la única oportunidad para conocer tierras del sur de Soria hasta quién sabía cuándo, por lo que no había que dejarla pasar sin aprovecharla. Y, en concreto, un par de meses antes había visto un reportaje sobre Rello en televisión, así que decidí que, ya que al poco tiempo haría un viaje por los alrededores, la visita a aquella localidad no podía faltar.
Las carreteras de la zona eran de todo menos alusivas al siglo XXI, y en un día de lluvia, algo peligrosas si no se iba con suma prudencia. Pero al final apareció Rello al fondo. La imagen que había visto en televisión no era nada distorsionada: un recinto fortificado venido muy muy muy a menos y, extramuros, unas cuantas casas más, medio desparramadas. Mucho silencio, mucha casa cerrada y abandonada; el retrato del desolador despoblamiento, reforzado con la intensa lluvia de la jornada. La única persona a la vista era un hombre que guardaba un tractor, materiales de construcción y aperos agrícolas en un garaje, supongo que porque no era día para tenerlos fuera.
Se quedó mirando con detenimiento el coche forastero que llegaba y aparcada a la entrada del pueblo, y a las dos personas que bajábamos de él. "Buenos días", dijo. "Buenos días", respuesta a la cordialidad. "Bueno, buenos días, por decir algo, porque... vaya día han escogido para venir", añadió, con una cierta sonrisa. "Sí, muy malo, pero es hoy cuando estamos por aquí, no podemos otro día", le dije, también medio riéndome. No había otra respuesta posible; no había un mañana para volver a Rello. Además, la lluvia, que en ese momento caía con bastantes ganas, daba a la ocasión un componente melancólico nada desagradable.
La villa de Rello, que como decía antes tiene su casco urbano amurallado, está encaramada en lo alto de una peña rocosa y, vista desde el este y el sur, tiene aspecto de fortaleza irredenta; nosotros llegamos desde el oeste, por donde tan sólo hay que subir una mínima cuesta para acceder al intramuros de la villa. Rello aparece citado en el Poema de Mio Cid, e imagino que en el pasado conocería épocas de un gran esplendor; su trazado urbano es un vestigio de ello. Pero el presente es mucho menos romántico: según el último padrón oficial de habitantes, sólo 27 personas habitan en tan monumental pueblo.
El declive de Rello se evidencia en su propio estado de conservación; las murallas, que uno se las imagina fuertes, consistentes, inexpugnables, están semiderruidas en algunos tramos. Lo mismo se puede decir de muchas de sus casas, sobre las que el tiempo ha dejado caer todos sus males. Pero pese a todo, aquellas callejuelas silenciosas todavía rezumaban, en esa mañana lluviosa de mayo, toda la nobleza de otras épocas. Las piedras mantenían intacto el testimonio de lo que Rello debió ser en el pasado.
Pensé en otros conjuntos monumentales existentes en distintas zonas de España, en cómo han sido mantenidos a tiempo, o bien restaurados o recuperados, aun en casos de poblaciones con pocos habitantes. Pero parece ser que ninguna administración pública superior se ha preocupado por Rello todo lo que debiera; de lo contrario, no hubiera consentido que presentara ese aspecto de semiabandono. Y está claro que el presupuesto de un ayuntamiento con 27 vecinos bastante tiene con llegar para cubrir los suministros básicos. El único espacio público visiblemente cuidado era, además de la puerta principal de acceso al intramuros, la Plaza Mayor, donde se mantiene además una espléndida picota, en la que quién sabe cuántas cabezas llegarían a colgarse en su momento...
No tardaría en verse Rello, si no fuera porque cada rincón invita a detenerse, a la contemplación; desde la vista panorámica que se obtiene desde las murallas hacia el sur y el este, hasta cada uno de los callejones o las piedras que ofrecen datos como el año de construcción de alguna casa. Y la lluvia de ese 10 de mayo no llegaba a ser una molestia, en absoluto; al contrario, invitaba a la calma y, al ser además el único sonido de la mañana en aquel recóndito lugar de Soria, se agradecía su compañía.
Pensábamos que no veríamos a nadie más que al señor que ordenaba su garaje, cuando de repente salió de una casa una mujer muy mayor, que probablemente habría cumplido los 80 hacía ya unos cuantos años. Encorvada y arrugadísima, se protegía de la lluvia con un paraguas totalmente destrozado, que parecía ser más viejo aún que ella. Se sorprendió al vernos, es seguro que no esperaba encontrarse a dos personas casi a la puerta de su casa. Al llegar a nuestra altura se paró a hablar con nosotros. "Buenos días como aquel que dice", dijo, casi riéndose. "Menudo día les ha tocado", siguió.
La típica conversación sobre el tiempo cobraba todo su sentido en Rello, a media mañana de un lluvioso 10 de mayo de 2008. Me fijé en los ojos de la anciana, de un azul intenso, bellísimos. Pensé que aquella mujer debió ser guapa de joven, y en el Rello que ella debió conocer entonces, con bastante más vida que ahora. Al mismo tiempo, le seguía la conversación. Pero, de golpe, la mujer se para y, fijando un poco más su maltrecha vista en mi, exclama: "¡Ay! ¡Pero si ustedes no son los que están alojados en la casa rural! ¡Me he confundido!" Efectivamente, no estábamos alojados en la casa rural que habíamos visto que existía, y cuya chimenea era una de las pocas del pueblo de la que salía humo en esa fría mañana. La mujer parecía sentirse avergonzada por habernos confundido con otras personas, y, al tiempo que se reía, no paraba de pedirnos perdón por habernos entretenido. "¿Pero qué le vamos a tener que perdonar, mujer? ¡Al contrario!" La agradable viejecita seguía riéndose, nos explicó: "Si es que, ¿saben ustedes qué pasa? Que nos encanta que venga gente a ver el pueblo, porque así tenemos alguien con quien hablar".
Nos echamos todos a reír con tan simpática explicación de la anciana. Al margen de que nos hubiera confundido, estaba claro que aquella mujer había visto el cielo abierto esa mañana al salir de casa y ver a dos forasteros visitando Rello, porque podría dirigir la palabra a dos personas distintas a la escasa veintena que componen el universo social de su pueblo. Me pareció una frase magnífica, muy reveladora, pero, al mismo tiempo, también desoladora. Rello, como tantos otros pueblos de España, se está muriendo, y ni siquiera la puesta en valor de su espléndido patrimonio monumental y su conversión en un lugar más o menos turístico ha logrado invertir el dramático proceso por ahora.
La lluvia seguía cayendo sobre los silenciosos callejones cuando nos subimos al coche para seguir haciendo ruta por la zona, en busca de otros pueblos de vida más o menos similar. Me fui de allí con la sensación de haber encontrado aún mucho más de todo lo que ya de por sí esperaba. Es probable que aquella vecina anciana no tuviera estudios, pero su frase había sido digna de la conclusión del más profundo análisis sociológico: a los habitantes de Rello les gusta que vayan a su pueblo para así tener otras personas con quienes hablar.
La semana que viene, como ya he dicho, lo más probable es que no haya entrada, pero posteriormente las seguirá habiendo mientras el barco siga a flote.
Saludos y hasta la próxima.
15 de mayo de 2009
viernes, mayo 15, 2009 | 2 Comments
CHINCHETAS EN EL MAPA
Volvemos a clavar la chincheta sobre la piel de toro. Esta noche voy un poco más tarde de lo habitual (bastante más de lo que dice la hora oficial de posteo), por lo que trataré de ser breve. Pero al margen de que la entrada sea más o menos larga, lo que está claro es que os invito a daros un nuevo garbeo, esta vez por
CARTAGENA
3 de enero de 2009
Había estado una vez en Cartagena, en el invierno de 1995, en un viaje de estudios cuando iba a 2º de BUP (no sé si es necesario aclarar que era el equivalente al actual 4º de ESO). Lo organizaban las profesoras de Latín, con el objetivo de mostrarnos fundamentalmente las huellas romanas en la segunda ciudad de la bicéfala Comunidad Autónoma de la Región de Murcia. Y pudimos ver unas huellas, pero más bien algo borradas. Encontré una ciudad muy degradada, cual enfermo desahuciado, donde los vestigios del pasado eran poco menos que ruinas abandonadas y enterradas. Cartagena padecía en esos años las consecuencias de una dura reconversión industrial, que hacía mella sobre todo en su maltrecho casco histórico, venido muy a menos con el paso de los siglos.
Mis impresiones sobre Cartagena comenzaron a cambiar después de que un amigo se estableciera no muy lejos de allí y me informara de la enorme transformación que había experimentado la ciudad. Recuperación de monumentos históricos importantísimos, saneado integral del casco histórico, revitalización comercial de las principales calles, una vida cultural bastante intensa... Explicaciones que invitaban a desprenderse de añejos recuerdos y de los prejuicios generados por aquéllos. Así que, al ir a visitar a este amigo en los primeros días del año 2009, consideré que valía la pena predisponerse a cambiar el chip sobre Cartagena.
El 3 de enero de 2009 era un día nublado en la antigua Carthago Nova, pero aún así la ciudad me pareció luminosa. Es cierto que, por su ubicación en un puerto natural, no se abre mucho al mar, pero aún así me dio la impresión de que eso no impide que la claridad que refleja el agua llegue tierra adentro. Callejeamos con el coche antes de encontrar aparcamiento en una calle al pie del promontorio donde se alza el castillo de la Concepción. Desde allí se divisaba parte del puerto, que me sorprendió en buena medida recuperado para el uso ciudadano, con una amplia zona de paseo y restaurantes. No era ésa la imagen que tenía yo de aquel lugar en el invierno de 1995.
Catorce años atrás, el histórico edificio del Ayuntamiento podía ser candidato a convertirse en un caserón abandonado. Esa mañana de enero de 2009, en cambio, era un imponente palacio en todo su esplendor, que sorprendía a cualquiera que pasara por su puerta. Muy cerca de allí, el impulso turístico a la ciudad se dejaba sentir en una oficina donde se nos indicó con pelos y señales qué pasos seguir. Y enfrente, la entrada al Teatro Romano, durante siglos sepultado bajo el cerro que creció sobre sus ruinas y las casas que en él se construyeron.
En 1995, aquello no era más que una montaña con una iglesia parcialmente derruida a la que llamaban la Catedral Vieja y casas abandonadas e igualmente a punto de caer. En 2009, las ruinas de la iglesia, restauradas también aunque sin reconstruir el edificio al completo, eran la puerta de entrada al impresionante Teatro Romano. Parecía mentira que todo aquello hubiera estado oculto en el subsuelo durante tanto tiempo. Ahora, no sólo se recuperaba un monumento espectacular, sino también un magnífico recinto para el uso cultural.
El Augusteum, el Decumano o la Casa de la Fortuna son otras huellas del pasado romano de Cartagena que nos dio tiempo a ver, combinando las visitas con el paseo por la calle Mayor (compré lotería para El Niño y la lotera se pasó el décimo por su incipiente chepa, pero no me tocó nada), eje comercial desde el puerto hacia el norte, y donde se veían, al igual que en otras calles próximas, los aires modernistas de otra época de bonanza para la ciudad como los comienzos del siglo XX. Décadas de pujanza antes de la Guerra Civil, una contienda que, como en todos los puntos de España, también dejó su trágico sello en Cartagena, que se recuerda en el refugio antiaéreo recuperado como museo que también visitamos.
Mi reencuentro con Cartagena culminó con la subida al castillo de la Concepción, desde el que había unas magníficas vistas del casco urbano de la ciudad y del puerto. Se veían muchas grúas por el casco antiguo, restaurando fachadas, edificios históricos enteros o monumentos del pasado, como el circo romano que siglos más tarde reciclarían como plaza de toros. Me reafirmé en la sensación de que tenía delante una ciudad que se había reinventado a sí misma en poco más de una década. Si me lo hubieran dicho en 1995, no me lo hubiera creído, pero en esa nublada tarde del 3 de enero de 2009, contemplando Cartagena, pensé que tenía que tragarme las palabras que aticé a la ciudad en un artículo del periódico del instituto donde empecé a desarrollar la vocación por la profesión que ahora ejerzo. Aquel artículo adolescente se titulaba "Ave, Carthago ¿Nova?"; 14 años después, comprendí que sí, que lucía como si fuera totalmente nova.
Hasta aquí la chincheta de hoy. La semana que viene, como siempre, más si puede ser.
Saludos y hasta la próxima.
8 de mayo de 2009
viernes, mayo 08, 2009 | 0 Comments
CHINCHETAS EN EL MAPA
Hola,
La Fiesta del Trabajo, sí, pero como la semana pasada no pude cumplir con mis obligaciones blogueriles, invierto un poco de mi tiempo en ello hoy, aun a sabiendas de que es probable que pocos vean esta entrada dada la fecha. Vuelvo a tirar otra vez para la vertiente mediterránea, para clavar la chincheta sobre un sitio bastante singular, llamado
SANT JAUME DE FRONTANYÀ
1 de agosto de 2007
Sant Jaume de Frontanyà (Barcelona), 1 de agosto de 2007. Puede comprobarse que estuve allí.Mis visitas a Cataluña se repiten con una frecuencia de al menos una vez al año, aunque casi siempre acabo yendo a los mismos lugares, por aquello de ver a familiares y amigos. Sin embargo, en el verano de 2007 tuve la oportunidad de conocer en profundidad otras zonas como la denominada Catalunya Central, que viene a corresponderse aproximadamente con la mitad norte de la provincia de Barcelona. Un buen amigo de Manresa me invitó unos días y, desde allí, nos acercamos hasta distintos lugares de interés de las inmediaciones.
Una apretada agenda del 1 de agosto nos llevó, entre otros sitios, a Sant Jaume de Frontanyà. Mi amigo, sabedor de mis delirios geográficos, tenía claro que ése era uno de los lugares imprescindibles aquella jornada. Su iglesia parroquial, que data del siglo XI, es una de las grandes joyas del románico catalán, que nadie que visite la zona debe perderse. Pero hay otro motivo que hace curioso a este minúsculo pueblo de la comarca del Berguedà, mucho más relacionado con mis aficiones. Éste el municipio más pequeño de Cataluña; su casco urbano está compuesto por apenas una veintena de casas y, según los últimos datos, sólo 29 personas moran en toda la jurisdicción de su ayuntamiento. Y aún hay algo más: después de que, hace unos años, su alcalde se quejara de la escasa atención que recibían las zonas rurales de Cataluña por parte de la administración, la Generalitat escogió a este pueblo como lugar para la presentación del nuevo Estatut. Llámese esto último frikada si se quiere, pero para mí, otro motivo más que de sobra para ver Sant Jaume de Frontanyà.
No sólo la Generalitat hizo caso al alcalde y los vecinos de Sant Jaume de Frontanyà, sino también la Diputación de Barcelona, que había arreglado la carretera de acceso pocas semanas antes de nuestra visita. Así que mi coche no sufrió grandes penurias para llegar hasta allí, atravesando parajes totalmente alejados de cualquier signo de vida humana (salvo por el asfalto de la carretera), donde la mayor preocupación, aparte de prestar atención a las curvas y la estrechez de la vía y no quedarse anonadado mirando el paisaje y caer por algún barranco, era tener cuidado con alguna que otra vaca que, ajena a todo, cruzaba la carretera de manera espontánea. Una de las caras poco habituales de Cataluña, la de sus espacios rurales donde la vida parece como si se hubiera detenido hace mucho tiempo. A apenas media hora en coche, la capital comarcal, Berga, presenta el bullicio urbanita de cualquier núcleo de cierto tamaño en el siglo XXI. Pero esa media hora da pie a un delicioso contraste.
A la entrada de Sant Jaume de Frontanyà, un cartelón te da la bienvenida y te pide, si os place, que dejes el coche en un aparcamiento. Con unos modales tan educados (aquello que dicen del seny català), a ver quién va a negarse. Así que dejé mi coche en la explanada asfaltada y nos dirigimos hacia el interior del pueblo, que, como decía antes, no es más que una pequeña agrupación de casas en torno a la espléndida iglesia románica. Me llamó la atención su tamaño, algo mayor para lo que acostumbra a ser el románico. En cambio, el interior era lo esperado: sensación de oscuridad y recogimiento, tan carismática del románico y que producía también cierta relajación.
El interior de la iglesia era austero, pero la escasez de alharacas permitía precisamente contemplar mejor una perla arquitectónica de tan increíble valor. Además, tuvimos suerte de que precisamente esos días hubiera en el templo una exposición sobre la Edad Media, lo cual nos permitió ilustrarnos un poco más acerca de lo que estábamos viendo y su contexto. Y a la salida, el fuerte contraste entre la penumbra del interior y la luz que irradiaba el sol en aquel mediodía de agosto. Apretaba también el calor, pero al ser plena montaña se hacía bastante más llevadero.
El pueblo se veía en un minuto, con lo cual, hecha la visita, y siendo la hora que era, nada mejor que llenar el buche. Mi amigo me tenía otra sorpresa guardada para la jornada: se da la circunstancia de que el alcalde, el mismo que consiguió que el nuevo Estatut catalán se presentara en primicia en Sant Jaume de Frontanyà, regenta una fonda-restaurante. Y allí que nos fuimos. Es un establecimiento pequeño, en el que el mismo propietario atiende las mesas, con lo cual, debo decir que fue el propio señor alcalde de Sant Jaume de Frontanyà el que me sirvió la comida. No todos los días le pasan cosas así a un fanático de la geografía como yo, qué queréis que os diga.
El ágape, bastante copioso, estuvo además regado con vino, de manera que, antes de volver a pillar el coche para seguir recorriendo el Berguedà, no quedó otra opción que recorrer varias veces el perímetro del pueblo hasta que me encontrara en las condiciones adecuadas para conducir. Y el chicharrero de las cuatro de la tarde en agosto, aun a 1.072 metros de altitud, no invita a pasear demasiado. Pero no quedó otro remedio. Eso sí, así pudimos decir que habíamos visto Sant Jaume de Frontanyà en profundidad. El pueblo más pequeño de Cataluña, con un gran tesoro en su mínimo casco urbano como es su fantástica iglesia románica, pero también con otras curiosidades que valen la pena.
Hasta aquí por hoy. La semana que viene, más si puede ser.
Saludos y hasta la próxima.
1 de mayo de 2009
viernes, mayo 01, 2009 | 0 Comments
CHINCHETAS EN EL MAPA
La sección retoma su ritmo habitual, después del paréntesis provocado por un par de viernes en que me surgieron ocupaciones incompatibles con la redacción de la entrada y la Semana Santa. Quiero mandar, antes que nada, un cordial saludo a Karny y, muy especialmente, a Ángel Muñoz, por mantener la constancia semana tras semana (especialmente este último) e ilustrarnos con interesantes artículos que nos transmiten una argumentada opinión o nos explican ciertas curiosidades de la historia que a menudo han quedado olvidadas. Tengo pendiente aún dejar algún comentario por ahí. Pero eso será más tarde. Ahora, a lo que toca, que es mi sección.
Una de las primeras entregas de Chinchetas en el mapa fue para contar mi estancia en el municipio de Ribas do Sil (Lugo) en agosto de 2001. Entonces dije de pasada que en aquel viaje había visto también otros sitios de Galicia, a los que no pensaba dedicar posteriormente un artículo propio. Sin embargo, un curioso a la par que simpático acontecimiento que me ocurrió hace algunas semanas me dio la idea para retomar aquella escapada a Galicia y contar con algo más de detenimiento cómo una chincheta se clavó sobre la ciudad de
OURENSE
22 de agosto de 2001
Praza Maior (Plaza Mayor) de Ourense, en la mañana del 22 de agosto de 2001. El autor de la foto es el mismo que ahora pone este pie.Soy de esas personas que, cuando van a un sitio de vacaciones, prefieren no quedarse en un único lugar, sino explorar tanto como sea posible. De modo que, en mis vacaciones de verano de 2001, tenía la esperanza de poder ver algo más que los municipios de Ribas do Sil y Quiroga. Aunque mi amigo y yo no habíamos ido en coche, ni mi amiga catalana de raíces lucenses podía utilizar el de sus padres en todo momento (y tenía además un carácter más calmado que los dos visitantes), la existencia de una estación de tren en el lugar nos podía sacar del apuro. Bastaba con informarse de los horarios y saber qué opciones teníamos de ver algún otro lugar, quizá alguna de las grandes ciudades gallegas.
Reconozco que escogimos Ourense porque era la que nos pillaba más a mano. El tren, procedente de Ponferrada, paraba en San Clodio-Quiroga a las 7.18 y llegaba a la capital ourensana hacia las 8.45. El convoy de regreso pasaba a las 16.35, lo que nos permitía pasar toda la mañana tranquilamente en la ciudad. Además, no es de esos lugares que, a priori, inviten a pensar que te vas a encontrar un porrón de monumentos que tardarás horas en ver.
Era noche cerrada aún cuando subimos al tren. Por el camino fue clareando poco a poco, pero el amanecer tan sólo dejó ver una niebla que, aun desde dentro del convoy, daba mucha sensación de frío. En el tramo final, al lado del Miño, el cielo estaba aún más gris, presagiando que el día podía no ser bueno aun en pleno agosto. Al llegar a Ourense, había bastante humedad en el ambiente; se hubiera agradecido en ese momento una manga corta. Mi amigo, aún más forofo de los trenes que yo, contempló un ratito la estación, a la que yo también eché mi observación: con los andenes haciendo una ligera curva y la extensa playa de vías ocupando una especie de terraza entre el río Miño y la ladera de un monte. El propio nombre de Ourense-Empalme ya evocaba historias de caminos que, tras separarse, llevan a sitios muy dispares. Nosotros teníamos que, fuera de las vías, encontrar el nuestro.
Un cafelito en la cantina de la estación y bajando la cuesta por una calle que veíamos que desembocaba en un puente sobre el Miño. El río separa el centro histórico y buena parte de los barrios modernos del entorno de la estación. Parecía una zona de ensanche, pero de una expansión urbanística lejana en el tiempo; los edificios no eran demasiado modernos y, además, guardaban mucho las formas arquitectónicas tradicionales, cosa que viniendo de la otra punta de la Península nos sorprendía.
El puente que veíamos desde la estación era nada menos que el Puente Romano. Una estupenda forma de cruzar el río Miño con calma y sobre un monumento histórico tan destacado. El segundo cauce fluvial más caudaloso de España se nos mostraba ostentoso, pese a ser pleno verano. Pero tras el majestuoso puente, se nos planteó la duda: "¿Qué hacemos?". Ourense es de esas ciudades de las que poco se conoce en el resto de España. Además, la habíamos escogido como destino de forma totalmente improvisada. No sabíamos qué ver, ni siquiera hacia dónde dirigirnos. Así que la única opción que vimos factible fue seguir en la misma dirección que traíamos del puente, suponiendo que hacia allí estaría el centro histórico.
Creo recordar que aquella era la Rúa do Progreso, y efectivamente, progresamos adecuadamente cuales escolares. Al cabo de unos 15 minutos de caminata, y tras haber pasado junto a la sede de la Diputación (que, como la mayoría, estaba en pleno centro), un rótulo nos indicaba la existencia allí mismo de la "Fonte das Burgas". Me sonaba el nombre como que eran unas aguas termales que manaban dentro de la ciudad a alta temperatura. Comprobé que mi memoria no me engañaba. Recostarse sobre la piedra de la fuente, caliente por efecto del agua, era muy agradable en una mañana de fría niebla.
De forma improvisada habíamos escogido Ourense, y de forma improvisada llegamos hasta su casco histórico. Prácticamente bastó girar una esquina para encontrarnos con su plaza Mayor, en uno de cuyos laterales se erguía el Ayuntamiento. La plaza entera, de apariencia angosta por su pendiente y su forma de rectángulo, era una muestra de esa arquitectura que tan poco acostumbrados a ver mi amigo y yo, y eso llama poderosamente la atención. Todo tenía aires de vetusto, que no de descuidado, ojo. La piedra de aquellos muros daba sensación del paso de siglos, de mudo testimonio de toda la gente que habría pasado por allí en tanto tiempo. El cielo gris y lo temprano de la hora (eran apenas las 9.30) invitaban a contemplar el lugar en silencio. La ausencia casi total de transeúntes lo hacía más fácil.
Una oficina de turismo situada en la misma plaza nos iba a solucionar la papeleta. ¿Qué ver en Ourense? Nos recomendaron que nos diéramos una vuelta por el centro histórico y que, ya que estábamos, viéramos el Museo Etnológico Provincial (creo que así se llamaba), en la sede de la Diputación. Lo teníamos al lado, así que allá fuimos. Recuerdo una gran profusión en la exhibición de piezas arqueológicas, aparte de una explicación exhaustiva de las formas de vida tradicionales, cosa que siempre se agradece que te expliquen.
A la salida del museo, la niebla se había deshecho y el día mostraba la claridad propia del mes de agosto. La plaza parecía más fotogénica y así la inmortalicé, antes de dar unas cuantas vueltas por el casco histórico. La catedral, otro sitio de esos que casi nunca falla cuando vas a una ciudad, estaba muy cerquita, y no dejamos de echarle el ojo también. Acabamos volviendo a la plaza Mayor, desde donde nos dio por seguir una calle de sugerente nombre: Rúa do Paseo.
Era una vía urbana ancha, característico eje comercial del centro de una ciudad y que, además, cumple la función de unir el centro con las zonas más modernas. En este caso, un casco histórico evocador del Medievo con el ensanche propio de finales del siglo XIX y comienzos del XX. Edificios altos y de aires señoriales, en cuyos bajos sobreviven comercios tradicionales (algunos con visible éxito aún) y se han instalado las grandes cadenas actuales. Fachadas, rótulos y escaparates llamaban la atención, pero iba a haber uno que centraría nuestras miradas más que ningún otro.
Es aquí cuando viene a cuento explicar que Ibi, mi pueblo, tuvo una intensa actividad de fabricación artesanal de helados entre más o menos 1890 y 1930, que se ha mantenido hasta la actualidad aunque sin los grandes niveles de producción de esa época dorada. En aquellos años, fueron muchos los ibenses que se marcharon a diversos puntos de España (también, en menor medida, a algunos países extranjeros) y fundaron sus establecimientos de fabricación de helados. Aquellas heladerías llevaron casi siempre el nombre de "La Ibense" o, también, "Los Valencianos", en honor a los orígenes de sus propietarios. Muchas de ellas siguen hoy en día regentadas por las mismas familias. Otras cambiaron de manos, pero conservaron el nombre. Otras desaparecieron, aunque fueron las menos.
Ignoraba que Ourense era uno de esos lugares donde fue a parar gente de Ibi que se fue a helar, como se decía y se sigue diciendo hoy por aquí. Ver el gentilicio de tu pueblo escrito en un rótulo a 800 km del pueblo produce, más que sorpresa, una total euforia y fascinación. Si alguien se fijó en mi amigo y en mí en ese instante, se debió sorprender de ver a dos tipos alzar los brazos y gritar "¡Qué buenoooooo! ¡Heyyyyyyyyyy, de Ibiiiiiii!". No podíamos dejar de entrar y tomarnos algo y, de paso, enterarnos de si los dueños aún eran de la misma saga que los fundadores.
El granizado de limón refrescaba en un mediodía que bien poco se parecía a la niebla de la mañana. Al ir a pagar, la inevitable pregunta al camarero: "Perdón, es que somos ibenses, como la heladería. ¿Los dueños siguen siendo de Ibi?" Aquel señor nos aclaró que no, que hacía años que los actuales propietarios habían comprado el negocio "a unos alicantinos", pero habían dejado el nombre porque ya era muy conocido en la ciudad. Una satisfacción esto último para dos tipos sorprendidos de toparse con aquella casualidad.
Hace casi ocho años de esto, pero es de esas cosas que te gusta contar, de cómo te encontraste con una referencia tan explícita y tan clara a tu pueblo, tan lejos... Lo único que lamento es no haber caído en hacer una foto al cartel; lo pienso ahora y me arreo cabotazos contra la pared, ya me vale... Al menos, de la jornada conservo un documento gráfico:

El billete de las casualidades, que todo lo permitió. Fue casi puro azar que fuéramos a Ourense, como puro azar fue que una vez allí nos pusiéramos a caminar sin rumbo, que echáramos a andar por la Rúa do Paseo en dirección al Miño, que dos ibenses encontráramos la heladería La Ibense... Puro azar de ese que se retiene en la memoria con grato cariño.
Para estar tres semanas sin escribir, parece que he vuelto con ganas, porque reconozco que me ha quedado una entrada bastante larga. Pero bueno, ya lo he comentado alguna otra vez: internet permite la libertad de escoger qué se lee. En cualquier caso, para la próxima trataré de moderarme más en la extensión. Pero para ésta no quería dejar escapar ningún detalle.
Me despido ya por hoy. Saludos y hasta la próxima.
17 de abril de 2009
viernes, abril 17, 2009 | 2 Comments
CHINCHETAS EN EL MAPA
Hola,
LOGROÑO (y 2)
1 de noviembre de 2006
Concatedral de Santa María la Redonda y calle Portales de Logroño. Foto: http://www.panoramio.com/photo/18772437. Autor: Joaquín Vilas.Había logrado aparcar en una zona céntrica de Logroño. Ya sólo tenía que llegar, con mis bártulos a cuestas, hasta el hostal donde me iba a alojar. Estaba ubicado en la calle Portales, la vía principal del casco antiguo. Se trata de un eje que cruza de forma transversal el centro histórico de la ciudad; se puede perfectamente venir andando desde Zaragoza, entrar por un extremo, salir por el otro y seguir caminando hacia Burgos. Este dato tan curioso, a mi juicio, imprime a Logroño un carácter de ciudad de paso, de tránsito, de parada en el camino. O en el Camino (de Santiago), aunque la ruta jacobea entra en la ciudad por otro sitio. Aún a día de hoy, la calle Portales sigue plagada de comercios de los llamados tradicionales, otro dato que creo que reafirma esa seña de identidad.
Eran las 17.30 de un día festivo nublado y la calle estaba prácticamente vacía. La encontré muy fácilmente; Logroño es una ciudad que se ha expandido desde su casco antiguo en todas direcciones (excepto al norte, donde está el Ebro), por lo que para llegar hasta la parte histórica sólo hay que ir p'adentro, p'adentro. El centro es en toda regla el cogollo de la ciudad, un pequeño núcleo de calles muy compacto, con una forma casi almendrada, cruzado, como decía, por el eje de Portales. A esa vía da también la concatedral de Santa María la Redonda, y enfrente suyo, el hostal que yo buscaba.
La moza que me atendió en la recepción, al ver mi lugar de residencia en mi DNI, me preguntó si vivía cerca de Torrevieja; al decirle que no, que vivía en la zona de montaña de Alicante, cerca de Alcoy, me miró como si no supiera ir de Logroño a Villamediana de Iregua... Reafirmé esta teoría cuando le pregunté por el cajero automático más próximo y me respondió: "En El Espolón hay muchos". "Vale, pero hace diez minutos que he llegado a Logroño y no sé ir hasta El Espolón". "Ah, pues no sé; está por aquí al lado, pero no sé decirte cómo llegar". Amigos, semejante alma de cántaro era incapaz de decirme que, para ir hasta El Espolón, sólo tenía que volver hasta el principio de la calle Portales y girar a la derecha, hasta llegar al final de la calle Muro del Carmen. Menos de cinco minutos a pie. Esta mocetona riojana, si tiene coche, más vale que lleve GPS encima, porque si no, se pierde sin salir de su garaje.
El Espolón es quizá la mayor plaza de Logroño, en cuyo ajardinado centro está la célebre estatua ecuestre del general Espartero, ésa que dio origen a la antológica frase que elogia los atributos del equino y, por extensión, los atributos masculinos. Si yo tuviera los cojones más gordos que el caballo de Espartero visitaría un urólogo, por saber el origen de la inflamación, pero como lo que importa es el funcionamiento y no el tamaño, contemplé un poco la estatua, saqué dinero y volví hacia el hostal a descansar un poco. Me había citado con mi amigo logroñés a las ocho de la tarde, así que aún faltaba un rato.
Al salir del hostal, hacia las 19.45, la calle Portales ofrecía un aspecto totalmente distinto. Estaba llena de gente paseando; de todas las edades, en parejas, grupos o incluso en solitario. El sonido de las conversaciones animaba el ambiente urbano. Juan Antonio Bardem escogió este lugar como escenario exterior de su película Calle Mayor y, efectivamente, Portales se mostraba en ese momento como la verdadera calle mayor de Logroño, aunque en la ciudad haya otra que lleva en realidad ese nombre.
Era muy muy agradable pasear por allí, así que iba despacio, con tranquilidad, escuchando con atención el acento de las gentes del lugar. El habla característicamente norteña de Logroño guarda muy poca relación con mis dejes mediterráneos, salpicados además de influencias andaluzas, por lo que me llamaba mucho la atención. Aparte, como aún no conocía físicamente a mi amigo riojano, creía estar oyéndolo por todas partes. Nos habíamos citado en la esquina de la calle Portales con la de Sagasta, esta última eje longitudinal del casco antiguo, abierta en torno a finales del siglo XIX.
"¿Antonio?", "Sí, ¿y tú Diego?", "Sí, soy yo", "Encantado, pues", "Lo mismo digo". Apretón de manos e inicio instantáneo de conversación. Es lo que tienen los congresos de Historia... Entras en contacto a posteriori con gente a la que no has llegado a conocer en persona en pleno sarao. Pero en esta ocasión sí se dio la oportunidad de compartir puntos de vista cara a cara. Claro que los puntos de vista se comparten mejor en compañía de un buen vinito, así que Diego hizo de excelente anfitrión por Logroño y me llevó a la calle Laurel, donde se concentran los selectos baretos donde puedes inflarte a vinos, mostos, cervezas y demás, acompañadas de sus correspondientes tapas, por un módico precio.
Una gran toma de contacto con la ciudad y con el congreso de Historia que comenzaba al día siguiente, puesto que en aquella ruta jaranera nos acompañaron un amigo de Diego y otras cuantas personas más que también participaban en este evento académico. La noche estuvo bastante bien, de bar en bar, de vino en vino, de tapa en tapa, aunque retirándonos a una hora prudente porque al día siguiente había que madrugar. Pero fue sólo el inicio de cuatro días donde la adquisición de conocimientos y la vida social y jaranera mostraron una casi perfecta simbiosis. Qué juergas me di, cuántos vinos me tomé (y cuántos mostos, para no maltratar mucho a mi delicado estómago) y cuánta gente maja conocí. Lo mejor de todo esto, de allí quedó un muy buen amigo.
Pero, aún por encima de eso, cómo aquellos cuatro días, más el quinto de vuelta hacia casa, con escala en Zaragoza amén de otras breves paradas, me oxigenaron, me sirvieron para respirar en una época personal bastante convulsa. Aquella vez sí que pude gritar bien fuerte "¡¡Que me quiten lo viajao!!". Por ello, casi dos años y medio después, Logroño sigue siendo de esos lugares que cada vez que se recuerdan es imposible no echarse una sonrisa. Y, por extensión, toda La Rioja. Que así siga siendo.
Por mi parte, nada más por hoy. La semana que viene, más si puede ser.
Saludos y hasta la próxima.
20 de marzo de 2009
viernes, marzo 20, 2009 | 1 Comments
CHINCHETAS EN EL MAPA
Éste es uno de esos días en los que creo que la sección se va a solapar, en cierto modo, con la de la Mochila de Patino. El motivo es que mi entrada va a ser la siguiente a la suya, con lo cual, va a parecer que se trata de otra propuesta para viajar. Aunque, bien mirado, se trata de secciones complementarias, con lo cual, para cuando el personal se haya hecho todo el recorrido virtual por Ávila, le recomiendo que se retrotraiga conmigo un par de años y poco para ir hasta
LOGROÑO (1)
1 de noviembre de 2006
Foto: Monumento en la Glorieta del IX Centenario de Logroño, en la entrada a la ciudad desde el este. http://www.panoramio.com/photo/18413504 . Autor: Destornillador.La capital de La Rioja va a ser objeto de dos chinchetas, porque considero que el viaje que hice hasta allí ya merece por sí solo una entrada, y al mismo tiempo no querría pasar por alto mi estancia en la ciudad. Comenzaba el mes de noviembre de 2006, y yo atravesaba una etapa que no recuerdo precisamente como de las más altivas en el terreno anímico. Me había matriculado en un congreso de Historia Contemporánea que organizaba la Universidad de La Rioja, y cuyo secretario era una especie de amigo cibernético con el que había contactado a través de internet un año antes, después de que los dos fuéramos a otro congreso de Historia en Barcelona y no habláramos. Cosas extrañas de la vida, pero que al mismo tiempo resultan interesantes.
El caso es que del 2 al 4 de noviembre de 2006 se celebraba el I Congreso "Historia de Nuestro Tiempo" en Logroño, y yo había presentado una comunicación al mismo. Aparte de mi interés por este tipo de saraos, y de conocer personalmente al amigo riojano y hacer turismo, me movía el hecho de no atravesar mi mejor momento. Lo de querer escapar de la rutina en momentos así puede sonar a chiste, pero es toda una realidad. Son ocasiones en las que se puede coger algo de aire, oxigenarse, y esto permite que, aunque luego haya que volver a la dura rutina, se pasen al menos unos cuantos días de agradable paréntesis.
Supongo que esa necesidad de relajarme fue lo que me llevó a decidirme a ir en coche hasta Logroño. Desde mi casa, la distancia no es moco de pavo: más de 600 kilómetros. Pero podía tardar incluso menos que si me decidía a hacer tropecientasmil combinaciones ferroviarias, yendo además a mi puñetera bola. Así que dejé a mi madre en casa poniendo todo un altar de velitas a San Cristóbal, mientras yo me subía a mi coche a las 7.30 del 1 de noviembre. Por delante, media península.
Apenas había dormido la noche anterior, así que aproveché para acabar de grabarme un CD en MP3 con unas 150 canciones, que me sería suficiente para todo el viaje. Entonces todavía no tenía conexión ADSL, pero aún así, conseguí bajarme de la mula abundante material a lo largo de todo el mes anterior (a velocidad de mula, eso sí). Nada más tomar la carretera de salida para conectar con la autovía, encendí la radio. Instantes después comenzó a sonar esta canción:
Se trata de Strangelove, de Depeche Mode, un grupo que me ha fascinado siempre. Era tan sólo el inicio de la interesante compañía musical que me llevaría por la autovía A-7 hasta Valencia (y la N-340, en los tramos en los que aún está en construcción), y luego, la misma autovía para bordear la capital de mi autonomía. Hasta aquí, el mismo recorrido que sigo en mis habituales viajes veraniegos a Cataluña. Pero desde este punto, comenzaba lo desconocido. La A-23 comenzaba como una serpenteante autovía de escaso tráfico por la que resultaba de lo más agradable conducir aquella mañana festiva. La SER me fue informado del inicio de la jornada electoral en Cataluña, hasta que dejó de recibirse la señal. Ganaba altitud, mientras llegaba a zonas en las que la autovía aún no estaba terminada y había que seguir por la carretera N-234. En uno de esos tramos recuerdo que sonó esta canción:
Es imperdonable que, siendo de 1991 esta gran canción (La cuenta atrás, de Los Enemigos), yo la escuchara por primera vez en 2006, pero eso no obsta para que desde entonces sea una de mis sintonías de cabecera. Pensaba al oírla en que mi día a día no era del todo bueno, pero que debía ser positivo, porque tal vez pudiera cambiar alguna vez. Así, con ese estímulo, iba haciendo kilómetros, acercándome cada vez más a Teruel, esa ciudad a la que ya dije que siempre me sentiré vinculado. Tocaba parar allí porque había quedado con un profesor de Secundaria al que había conocido en otro congreso de Historia. Otra prueba más de la intensa vida social que se hace en estas citas.
Parada breve, porque mi amigo se iba a coger setas y tenía algo de prisa, y porque a mí todavía me quedaban por delante más de 300 kilómetros. Breve paseo por Teruel, con la indispensable compra de periódicos incluida, y a seguir camino. La A-23 también estaba terminada en este tramo, pero se mostraba como una vía recta, inmensa, derecha hacia el horizonte, y totalmente vacía en un día festivo como aquél. Me llegaba a dar la sensación de estar como en un bucle, a fuerza de no ver un solo coche durante kilómetros y kilómetros. Claro que así la ruta se hacía muy pero que muy agradable.
Desde Calamocha, la autovía volvía a estar en construcción. La N-234 volvía a ser la ruta a seguir. Claro que esto no era más que otro gran aliciente: carretera convencional plagada de travesías urbanas. Bueno, lo de urbanas era un decir, porque la mayoría de los pueblos eran poco más que villorrios asomados al asfalto desde lo alto de un peñasco. O bien era la carretera la que se asomaba al pueblo, como en la bella Daroca, en la que me reprimí los deseos de parar porque mi intención era hacer el descanso para comer en Calatayud. Así, seguí por la N-234, obviando la ruta más cómoda por la N-330 hacia Zaragoza. Prefería seguir atravesando pueblecitos, disfrutando de una carretera en muy buen estado, sin apenas tráfico y con un trazado para nada sinuoso.
Montón, Fuentes de Jiloca, Velilla de Jiloca, Maluenda y Paracuellos de Jiloca me llevaron hasta Calatayud. Importante localidad por la que no pregunté por nadie (no me fueran a linchar), sino sólo por un sitio para comer, en la papelería donde compré el Heraldo de Aragón. Aproveché para pasear por Calatayud, contemplando sus múltiples joyas mudéjares, aunque lamentando que el estado de conservación de los monumentos (y del casco antiguo en general, la verdad) no sea demasiado óptimo. Al menos, me quedo con la muy buena impresión de haber visto la iglesia donde ponía que habían bautizado a Fernando el Católico.
Desde Calatayud, autovía A-2 hasta La Almunia de Doña Godina, un tramo un tanto difícil para ser una vía de gran capacidad, con varias curvas en las que pasar de 80 por hora podía ser temerario, y unas pendientes que hacían renquear a los motores de los camiones. Pero se seguía haciendo camino, para después tomar la carretera autonómica A-121, otra de las aventuras del viaje. Había visto que por aquí se acortaban kilómetros, y quise comprobarlo, a riesgo de encontrarme con que aquello fuera un camino de cabras. Y no lo era, la verdad, ni mucho menos. No era una carretera magnífica, pero sí más que suficiente como para mantener una velocidad de crucero razonable. Grandes rectas y parajes totalmente desalmados entre las localidades de Ricla y Fuendejalón, dos de los muchos municipios que ese día pude añadir a mi lista de lugares vistos de pasada.
La A-121 termina (o empieza, más bien) en Magallón, desde donde la N-122 lleva a Gallur, donde empalma con la AP-68 y la N-232. La autopista me hubiera llevado directamente hasta Logroño, que distaba ya a sólo 120 kilómetros, pero preferí tomar la carretera, porque había leído que en el corto tramo que pasa por Navarra había sido en parte desdoblada, con lo cual, me ahorraría algo de peaje. Y así lo hice. Fui por la N-232, luego reconvertida en la autovía A-68, hasta Tudela, para tomar allí la autopista. Justo antes hice otra parada. Aquel bar y sus aledaños, que más tarde comprobé que está en el término municipal de Cascante, es el único suelo navarro que he pisado por ahora.
Apenas me separaban ya 90 kilómetros de Logroño, que se hacían rápidos por la AP-68. Esta autopista tiene un peaje bastante elevado, lo que hace que vaya literalmente vacía; me encontré aún menos coches que en la A-23 entre Teruel y Calamocha. Mientras tanto, yo seguía escuchando mi CD en MP3. Algunas de las canciones que me había bajado eran de La Trinca, un trío catalán de música satírica que componía unas desternillantes letras, primero en su lengua materna y más tarde también en castellano. Son los que luego fundarían la productora Gestmusic, que supongo que os sonará más. De cantar letras chorras a producir OT, ya veis. El caso es que me parecía un tanto surrealista estar surcando La Rioja por una autopista totalmente vacía, escuchando música satírica en catalán. He aquí una de las piezas que sonó en aquel rato:
Ho farem tota la nit, todo un himno del año 1988, que tuvo su versión en castellano llamada Lo haremos toda la noche (es la traducción literal, no se calentaron mucho la cabeza, jeje). Así, escuchando el trozo más petardo del CD (había hasta alguna canción de La Terremoto de Alcorcón), llegué hasta la salida de Agoncillo, pueblo cercano a Logroño. Quería entrar en la capital riojana por la N-232, porque me había mirado cómo llegar por esa ruta hasta el centro, y así de paso me ahorraba algo más de peaje.
La N-232, con bastante tráfico en este tramo, me llevó por las afueras de Agoncillo y el barrio de Recajo hasta la entrada de Logroño. Por fin, después de 10 horas de viaje, llegaba a mi destino. La carretera se transformaba en la autovía de circunvalación LO-20, pero yo la dejaba para entrar en la ciudad por el barrio de Varea. Al poco, un monumento en una glorieta me daba también la bienvenida a Logroño. Y mientras, sonaba esto en mi coche:
Piratas y Amaral, una combinación difícil de igualar, que me llenaba de energía a pesar del cansancio del viaje. Iván Ferreiro y Eva Amaral gritaban "¡Ya terminé!" mientras llegaba al principio de la Avenida de la Paz y me ponía a buscar un lugar para aparcar, sabiéndome ya en el centro de Logroño. Tuve suerte y lo encontré rápido, quizá por ser festivo. Hice la maniobra y, antes de apagar el contacto, miré el cuentakilómetros parcial, puesto a 0 antes de salir. 622 kilómetros. Sonreí. Aquello había sido una verdadera road-movie que me había sentado tan bien como muy pocas otras cosas. Y no era más que el principio de un periplo de varios días en La Rioja.
En la próxima entrega, las impresiones de Logroño aquel mismo 1 de noviembre de 2006, porque merecen su detenimiento. Mientras tanto, sed pacientes y disfrutad de la variopinta música.
Saludos y hasta la próxima.
13 de marzo de 2009
viernes, marzo 13, 2009 | 2 Comments
CHINCHETAS EN EL MAPA
Hola,
Pido disculpas por haber faltado a la cita chinchetera por dos viernes seguidos, pero circunstancias personales que no vienen a cuento me han impedido ofrecer mi sermón semanal. Pero aquí vuelvo, para, como siempre, describir de una forma muy personal una visita a un lugar de España. Hoy nos quedamos de nuevo en una gran ciudad, y además nos quedamos muy pero que muy cerca en el tiempo. Montad en el coche, que os llevo a
VALENCIA
19 de febrero de 2009
Calle Colón de Valencia, inusitadamente vacía. ¿Sería domingo a primera hora de la mañana? Foto: http://www.panoramio.com/photo/1290775 . Autor: Vcespon.Son muchas las veces que he ido a Valencia. Vivo a apenas 130 kilómetros, es la capital de mi comunidad autónoma y tengo algunas amistades, con lo cual no es nada anormal que con una cierta frecuencia me deje caer por allí. Sin embargo, la visita del 19 de febrero fue diferente, y también inesperada hasta sólo unos días antes. La semana anterior se me había ocurrido telefonear a un concurso de televisión, por aquello de probar suerte e intentar ganar un dinerito de manera rápida y además lícita, que no viene nada mal en los tiempos que corren. Y el lunes siguiente, la llamada al móvil, diciéndome si podía estar ese jueves en Valencia... ¿Cómo no iba a hacer todo lo posible por ir?
Me daban en el trabajo la tarde del jueves libre para poder estar en Valencia a las 17.00, pero eso sí, el horario de mañana tenía que cumplirlo. Y entre ruedas de prensa, textos por hacer y llamadas de última hora de políticos (siempre jodiendo) para hacer declaraciones o puntualizaciones, más una comida a la velocidad del rayo en el primer bareto que se pone a tiro, me metía en el coche a las 15.45 horas. Y mi lugar de trabajo dista 110 kilómetros de Valencia... Suerte que todo es autovía, a excepción de los primeros 25 kilómetros, donde la vía de gran capacidad se halla aún en construcción.
Aún así, nada pudo evitar que tuviera que ir haciendo el fitipaldi por esos caminos de nuestro señor, como si Speedy González se hubiera colado en el motor de mi coche. Iba tan corto de tiempo que tuve que prescindir de mi plan inicial, que era dejar el vehículo privado en la ciudad de Xàtiva y seguir desde allí en tren de cercanías, que pasa cada media hora y te deja de forma barata, rápida y segura en el centro de Valencia, a escasos 500 metros de donde era el casting para el concurso. Velocidad de crucero de no mucho más allá de los 120 por hora (no fueran a estar los Hombres de Verde por ahí), maldiciendo a esos cretinos que en una autovía de tres carriles van pisando huevos por el de en medio estando el de la derecha vacío, adelantando camiones como un poseso, acordándome de aquella horripilante cancioncilla de Y cuanto más acelero, más calentito me pongo... Y en apenas una hora, ya estaba cruzando en mi utilitario el nuevo cauce del Turia, puerta de entrada desde el sur al Cap i Casal, nombre con el que es popularmente conocida la ciudad de Valencia por estos lares.
El hotel donde se celebraba el casting estaba en la calle Colón, que se corresponde con un tramo del antiguo recorrido de las murallas de Valencia, demolidas a mediados del siglo XIX (una decisión muy respetuosa con el patrimonio, sí señor). Esta vía es hoy en día una de las principales arterias comerciales de la ciudad, donde, entre otros, se encuentran los grandes almacenes del triángulo verde. Como decía, llegar allí desde la estación de ferrocarril (la majestuosa Estació del Nord, donde da gusto tomar un tren o bajar de él) es sumamente fácil, pero en coche...
Soy de esos conductores que no tienen ningún miedo a adentrarse en ciudades desconocidas; al contrario, me produce hasta una cierta excitación (metafísica, compréndase) el guiarme de manera casi instintiva hacia mi lugar de destino. Había entrado en la ciudad desde el sur, así que lo único que tenía que hacer era ir to tieso pa dentro, tomando a la vez referencias de algunos lugares que iba viendo y que me sonaban de anteriores ocasiones que había ido en coche al centro de Valencia, para evitar perderme. Tuve suerte, y conseguí llegar hasta la Gran Vía Marqués del Turia, una de las principales avenidas del centro. Un típico bulevar de ensanche urbano de principios del siglo XX, con un paseo arbolado central (y más árboles en sus amplias aceras laterales), imponentes edificios y... glups... tres carriles por sentido para el tráfico, atiborrados de coches a esas horas.
Así que no me calenté la cabeza y, a la primera señal de "Parking", ahí que se quedó el coche, y a la carrera hasta la calle Colón. Pasaban algunos minutos de las cinco de la tarde, pero no había problema, no llegaba en absoluto tarde al casting. Simplemente tendría que esperar algo más para entrar. Tenía el número 57, o sea, que había demanda de ir al concurso desde la Comunidad Valenciana. Esperé un poco, hojeando los periódicos que había en la sala (varios ejemplares de Abc y La Razón, pero ninguno de ningún otro medio... qué mal rollito), hasta que al fin entré, junto con otro chico algo más joven que yo.
Quiénes somos, de dónde venimos, y a dónde vamos... No, no es que fuera aquello un karaoke de Siniestro Total, sino que teníamos que presentarnos y explicar por qué queríamos concursar. Yo lo tenía (y lo sigo teniendo) claro: me gusta el formato del concurso porque invita a calentarse la cabeza hasta encontrar la palabra exacta (parafraseando a Amaral) y, además, yo me dedico cada día en mi trabajo a hacer exactamente lo que se viene a hacer en este programa: evitar que una palabra se repita en un párrafo, esto es, volver a decir una misma cosa sin utilizar el mismo término.
Salí contento de aquel hotel de la calle Colón de Valencia porque tuve la impresión de que el casting había salido bien. Eso sí, a fecha de hoy aún no sé nada más, aunque lo haré saber tan pronto haya algún dato nuevo. Por lo menos ya queda esa experiencia, aparte de la tarde que aproveché para pasear por Valencia y quedar con un amigo cántabro que ahora vive por estos lares mediterráneos y al que no veía desde hacía dos años. Y también, curiosa circunstancia, tomar un café rápido con uno de mis profesores del colegio, con el que casualmente me encontré por la calle. El mundo es un pañuelo, y Valencia, en este caso, fue también un mocador.
Lo dicho, si hay novedades al respecto, se harán saber. Pero no en la sección, que seguirá su rutina de siempre, comentando visitas singulares a lugares nuevos o, como en este caso, a otros que ya nos conocemos bastante bien, pero que nunca dejan de sorprendernos.
La semana que viene, si puede ser (y si no, otro viernes), más y mejor. Saludos y hasta la próxima.
6 de marzo de 2009
viernes, marzo 06, 2009 | 2 Comments
CHINCHETAS EN EL MAPA
Un viernes más, aquí va la sección geográfica, como siempre, confiando en que a alguien le parezca de interés. Si la semana pasada hablaba de un lugar tan lejano a mi domicilio como es Salamanca, hoy va a ser todo lo contrario, y es que a veces lo más cercano puede resultar tan sorprendente o más que lo que tenemos a centenares o miles de kilómetros. Además, esta chincheta tiene un punto diferente a todas las anteriores. Subid al coche, que os llevo hasta
BENIFALLIM
22 de febrero de 2008

Foto: http://www.panoramio.com/photo/4389545 . Autor: J. A. Ruiz Peñalver.
Según el padrón oficial a 1 de enero de 2007, en la provincia de Alicante residían 392.907 personas extranjeras, un 21,53% del total de habitantes de la demarcación. Pero uno de los 141 municipios alicantinos llevaba la contraria al resto; se trataba de Benifallim, una pequeña localidad de 125 vecinos en la que no había ni un solo extranjero empadronado. La única de toda la provincia donde esto ocurría. Uno, que está muy pendiente de esos datos, pensó que ahí podía haber noticia, así que lo propuso ante las autoridades competentes en materia laboral. Y la idea tuvo buena acogida, con lo cual, tras concertar una cita con el alcalde, una fotógrafa y un servidor nos pusimos en camino para hacer un reportaje.
Benifallim es uno de esos lugares recónditos que, en un momento dado, han aparecido en los medios de comunicación por hechos desagradables: en el verano de 1999 tuvo lugar en una finca rural de este municipio un triple crimen. Por ello, la coincidencia de que ahora fuera el único pueblo alicantino sin extranjeros y la realización de un reportaje fue también muy bien recibida por su alcalde, quien se alegró de que se acordaran de la localidad por algo simpático y para reflejar en un periódico algo que casi siempre se ignora por completo: el tranquilo devenir diario de un pueblo de poco más de 100 habitantes. Se podría decir que este reportaje era una forma de hacer justicia con sus vecinos.
Está en mi misma comarca, y a sólo 20 kilómetros de mi casa, pero hasta el 22 de febrero de 2008 yo no había puesto un pie en Benifallim. Sí había pasado bastantes veces, pero de largo, camino de otros pueblos de la zona. Pero todo tiene su primera vez. Aparqué el coche en la calle de entrada y me acerqué hasta la plaza principal, donde ya me esperaba mi compañera. Era la una de la tarde y estaban desmontando un par de tenderetes. En el pueblo no hay ni una sola tienda, ni siquiera un estanco, con lo cual, el único comercio existente es el de los vendedores ambulantes que, con el permiso del Ayuntamiento, se instalan cada día en la plaza; el viernes era el día de los productos de alimentación.
Los escasos vecinos habían ido ya a comprar. Tan sólo vi, al final de un callejón que salía de la plaza, a una mujer que se alejaba con una bolsa de la compra. Primera vecina que se ponía a tiro, periodísticamente hablando. Llego hasta ella y, tras explicarle en valenciano quién era yo y qué hacía yo, me responde en castellano y con acento manchego. Parecía extremadamente difícil a priori, pero lo había conseguido a la primera. Había dado con una de las 8 personas del pueblo que, según los datos oficiales, han nacido fuera de la provincia de Alicante. Esta señora dejó una zona rural de Albacete para irse a un lugar aún más campestre y apartado del mundo como es la montaña alicantina, pero llevaba ya 40 años viviendo en Benifallim, encantada de la vida que ha llevado con el cultivo de almendros y olivos. Una respuesta bastante sorprendente, con lo devaluado que está ahora a nivel social el trabajo agrario.
Cuando volví a la plaza, mi compañera hablaba con otro vecino, también de bastante edad como la mujer anterior. Éste recelaba un poco de la prensa; se acordaba del verano de 1999, cuando el pueblo se llenó de periodistas por un motivo bien distinto. Cambió la actitud tras una pregunta tan inocente como la de qué le parecía vivir en Benifallim. Esta respuesta sí fue ya en el valenciano cerrado que no esperaba dejar de oír aquel mediodía, comentando entre risas que él en el pueblo estaba de maravilla. Nos contó que tenía familia en Madrid, y que la primera vez que había ido allí, hacía pocos años, tuvo la circunstancia de llegar a la estación de Atocha en plena hora punta, con una marabunta de gente yendo a toda prisa de un sitio para otro, y que menudo agobio... Me lo imaginaba reía para mis adentros, pensando en esta especie de versión remozada del personaje del anciano rural que inmortalizara en el cine Paco Martínez Soria.
Este hombre (que acabó hasta contándome que tenía familia en Ibi cuando le dije de dónde era yo) nos señaló también la puerta del bar, que estaba al final de la calle donde nos encontrábamos, en otra plazoleta. Se felicitaba de que acababa de volver a abrir después de estar cerrado varios meses porque no había nadie dispuesto a hacerse cargo de él. El Ayuntamiento había tenido que pedir la mediación de un órgano comarcal para lograrlo. El vecino nos comentaba que ahora la gente del pueblo no tenía que pillar el coche para ir al pueblo más cercano (a seis kilómetros) a tomar un café y jugar a las cartas. Volvía a haber algo que hacer sin moverse de Benifallim. Volvía la vida, se puede decir.
El alcalde apareció cuando aún hablaba con este hombre y mi compañera lo fotografiaba. Con él nos recorrimos todo el pueblo, hablando de la curiosa circunstancia de que no hubiera extranjeros, que él achacaba a que no había viviendas vacías. Fuera o no ésa la razón, se notaba que todas las casas estaban ocupadas de forma permanente o temporal, muy arregladas, con algunas calles dignas de postal y otras en pleno proceso de remodelación gracias a una subvención de la Diputación. El primer edil, ufano, nos explicaba de la curiosa ubicación de Benifallim, al resguardo de la sierra, que lo hace un lugar muy umbrío (era verdad, apenas daba el sol pese a ser mediodía y estar despejado, y se notaba bastante frío) y le confiere un toque de algún modo especial. Algo que después nos corroboraría un pintor local en cuya casa estuvimos, y cuyas palabras sirvieron también para ilustrar el reportaje.
Podría contar más cosas, pero no es cuestión de eternizar el artículo. Sólo diré que me fui de Benifallim con la sensación de haber descubierto un lugar con bastante encanto al mismo lado de mi casa. Y es que, como decía, a veces lo que más nos sorprende nos pasa más desapercibido hasta que nos percatamos de su existencia. Aquel pueblo no tenía, salvo la ubicación umbría, grandes diferencias con los de su alrededor a simple vista. Pero la forma de conocerlo, sin duda, permitió conocer todas sus particularidades y convertirlo en único.
Lamento no tener fotografías de aquel reportaje y tener que poner una extraída de internet. No obstante, quien quiera ver aquel reportaje (publicado un mes más tarde de la visita), puede hacerlo en este enlace:
http://www.diarioinformacion.com/secciones/noticia.jsp?pRef=2008032100_15_735750__Alcoy-Todos-aqui
Por lo demás, nada más por hoy, esperando volver a encontrarnos la semana que viene.
Saludos y hasta la próxima.
13 de febrero de 2009
viernes, febrero 13, 2009 | 0 Comments
CHINCHETAS EN EL MAPA
Un viernes más, aquí va la sección. Hoy he creído oportuno volver a la comunidad autónoma donde empezó este recuento de chinchetas, hace ya algunos meses. Doy por hecho que el lugar que cito hoy ha sido visitado por la gran mayoría de los lectores habituales del blog. Y es que no es otro que la ciudad de
SALAMANCA
4 de diciembre de 1999
Para alguien que ha vivido siempre a media hora de viaje del Mediterráneo, hablar de Salamanca es como citar un lugar muy alejado, exótico, totalmente diferente al tuyo. Ese concepto tenía yo en mi época de adolescente, en la que mi universo conocido apenas había llegado al centro de la Península. Pero algo ocurrió en la primavera de 1996 que lo cambiaría un poco. Entablé contacto postal con una salmantina, una forma de conocerse que ahora mismo suena a prehistórica (escribir cartas parece que equivalga a perder el tiempo), pero que entonces estaba aún en plena vigencia. Conectarse a internet desde casa sonaba poco menos que a chiste, con unas velocidades inferiores a la de una tartana ascendiendo el Tourmalet.
Habíamos entablado contacto en la primavera de 1996, pero en el otoño de 1999 aún no nos habíamos visto nunca. Así que pensé que alguna vez tendría que ser la primera y, aprovechando que estaba estudiando fuera del domicilio familiar y que podía hacer hasta cierto punto lo que me viniera en gana sin dar cuenta de ello a mis padres, le comenté a mi amiga la posibilidad de vernos para el puente de la Constitución. Ante la respuesta afirmativa, no había vuelta atrás: a los pocos días ya tenía entre mis manos un billete de tren Barcelona-Salamanca para el sábado 4 de diciembre de 1999.
La duración (oficial) del viaje era de diez horas y media, pero iba a tener suerte, ya que iría acompañado la mayor parte del trayecto: apenas una semana antes me habían presentado a un compañero de carrera que vivía en el mismo barrio que yo, y que era de Medina del Campo. Él se marchaba a pasar el puente con su familia, por lo que íbamos a tomar el mismo tren, y a compartir todo el trayecto salvo los últimos 45 minutos.
Apenas pude dormir la noche anterior al viaje, pensando que un sueño estaba a punto de hacerse realidad. Pero esa realidad estuvo a punto de echar al traste el sueño a la mañana siguiente: por aquellos días se vivía una huelga salvaje en Renfe, que suponía la cancelación casi diaria de un buen número de trenes. El Barcelona-Salamanca del 4 de diciembre de 1999 parecía que iba a seguir ese camino, porque la hora oficial de salida, las 10.00, fue retrasada a las 11.00, y después a las 11.30. Un rato de incertidumbre que, al menos, aprovechamos el compañero medinense y yo para cafetear por los distintos locales de la estación de Sants.
El tren finalmente salió a las 12.30. Dos horas y media tarde, sí, pero salió. Comenzamos a surcar media España, como si le estuviéramos haciendo un tajo transversal. Barcelona, Lleida, Zaragoza, Logroño... Ya era de noche cuando llegábamos a Miranda de Ebro. Inversión de marcha en tan emblemática estación, y mi compañero de carrera, quizá ya amigo en ese momento por las horas de amena conversación que acumulábamos a nuestras espaldas, comenzó a mostrar el alegre semblante del que se siente ya en su tierra, aunque en realidad se encuentre aún a casi 300 kilómetros de su casa.
El tren no aliviaba el retraso y el reloj seguía avanzando de la misma forma con que fuera debía ir bajando el termómetro. "Venga, asómate a la puerta para que sientas el frío de Castilla", dijo mi amigo al parar en la estación de Burgos (que recientemente ha quedado fuera de servicio, por cierto). Un topicazo que, aquella tarde-noche de diciembre, se cumplía con creces. Así volvía a ser cuando paramos en Valladolid, y también cuando llegamos al mítico cruce de caminos de hierro que es Medina del Campo. Mi amigo se despidió de mí hasta la semana próxima; volveríamos a vernos, pero a casi un millar de kilómetros de allí. Paradojas de la vida.
Los siguientes 45 minutos se hicieron eternos, más aún teniendo en cuenta que la noche impedía adivinar por dónde podría ir el tren, salvo fijando la vista al pasar por alguna estación para ver bien el cartel. Al final, eran poco más de las 23.00 cuando llegábamos a Salamanca. El momento de la verdad. El cara a cara después de tres años y medio de cartas. Con el tiempo me he visto en muchas situaciones más así, y aún me sigo poniendo nervioso, con lo cual, la primera, ni os cuento cómo.
Un saludo, un "qué tal el viaje" y, en este caso, comentarios irónicos sobre el retraso acumulado. Y camino hacia el lugar donde me iba a alojar esos días, con una extraña sensación: la conversación fluía de forma espontánea, de ninguna manera parecía que nos acabáramos de ver hacía un momento. Era evidente que había ya un bagaje de interacción, postal y telefónica, en la que habían surgido muchos puntos en común que ahora se podían poner de manifiesto.
Estaba cansadísimo, pero era sábado, así que no podía renunciar a salir de fiesta, y menos en una ciudad de tan buena fama para eso. Se hicieron las tantas, y yo ya al final no me tenía en pie, pero la noche se hacía muy agradable de un local a otro por aquellas calles atiborradas de gente, en la grata compañía de mi amiga y sus amigos. Entre éstos, por cierto, un par de fanáticos de U2, que lo primero que hicieron fue preguntarme si entre mis gustos musicales estaba el grupo irlandés. "Nos llevaremos bien, entonces", dijeron ante la respuesta afirmativa. Tuve incluso oportunidad de verlos delirar cuando, ya bien de madrugada, en un local atestado de calor humano sonó Sunday, Bloody Sunday. La cosa empezaba francamente bien.
Esa sensación de muy buen rollito prosiguió durante los dos días siguientes, el último de los cuales se centró en la visita turística. La Plaza Mayor ya la había visto el sábado por la noche, pero de día tomaba otra cariz. Elementos imprescindibles como la Casa de las Conchas y las dos Catedrales no faltaron. También recuerdo que fuimos a ver la Clerecía y, cómo no, la Universidad. Busca la ranita, para variar. Al final la vi, pero con ayuda.
Quizá fuera por esa ayuda que, en la siguiente convocatoria de exámenes (enero-febrero 2000) suspendí una asignatura, Introducción al Ordenamiento Jurídico. La rana sobre la calavera cumplió su función de hacerme aprobar, pero no del todo. Eso sí, nadie me pudo quitar el buen recuerdo de aquel viaje. Aquella salmantina sigue siendo una muy buena amiga a la que he tardado casi nueve años en volver a visitar, aunque sí nos hemos visto en algunas otras ocasiones mientras tanto. Esta vez volví a llegar a Salamanca en tren, aunque de día y desde otro lugar, y fue casi tan emocionante como entonces. Pasan los años, pero no el interés por ampliar el universo conocido y la red social. Hace 13 años la gente se conocía por carta y hoy es a través de internet, pero el fin es el mismo: encontrar en otras personas afinidades que nos hagan la vida un poco más alegre.
La semana que viene, si puede ser más, como siempre.
Saludos y hasta la próxima.
6 de febrero de 2009
viernes, febrero 06, 2009 | 1 Comments
CHINCHETAS EN EL MAPA
Llamo a la puerta y pregunto si hay alguien ahí, por aquello de que mi relación con el resto de este microuniverso bloggero es virtual en un 99%. Por poco, pero aún es viernes, así que, una semana más, aquí vengo, dispuesto a clavar otra chincheta sobre el mapa. Esta vez no me moveré demasiado del lugar de la semana anterior; apenas me desplazaré 65 kilómetros hacia el oeste para llegar hasta otro lugar bien singular cuya visita dejó huella, y que es
BENAMAUREL
11 de septiembre de 2006

Foto: www.pueblos-espana.org/andalucia/granada/benamaurel/Vista+del+pueblo+desde+el+collao/
La villa de Benamaurel, situada en el Altiplano de Granada, a unos 120 kilómetros al noreste de esa ciudad, saltó hace unos pocos años a los medios de comunicación de ámbito nacional por un caso que no procede recordar aquí, pero que, hasta lo último que trascendió a la opinión pública, tuvo un final feliz. Antes de eso yo ya sabía de su existencia, pero en este caso no sólo por mi pasión por la geografía, sino porque sabía que en ese pueblo tenía yo uno de esos parientes lejanos de los que a veces oyes hablar pero que a veces ni siquiera llegas a conocer. Un primo de mi madre, hijo único y solterón, con el que ella misma tenía un contacto bastante esporádico.
En septiembre de 2006, aprovechamos uno de nuestros puntuales viajes al norte de Almería para acercarnos hasta Benamaurel a ver a este primo, después de que su madre hubiera fallecido este verano. Fue así como tuve oportunidad de conocer un pueblo en el que no había estado hasta entonces, pese a quedar relativamente cerca de la tierra de mis orígenes y tener incluso familia allí y todo. Cómo me iba a negar a hacer de chófer, si de paso podía hacer algo de turismo.
La comarca donde se asienta Benamaurel hace honor a su nombre, ya que es una amplia paramera de unos 900 metros de altitud media. Salvo las inmediaciones de los cauces fluviales, es un terreno estepario, muy árido. Los desniveles son poco importantes, pero por qué será que todos los pueblos están construidos en lo alto de los cerros. Cuestión defensiva en otras épocas históricas, ésa es la respuesta. Pero eso no es todo: si hay algo característico del Altiplano granadino es la abundancia del hábitat troglodítico, incluso hoy en día. En todos los pueblos de la zona hay un gran número de casas-cueva mantenidas hasta nuestros días, muchas de las cuales siguen utilizándose como primera vivienda.
Por más que conociera ese detalle de antemano, no dejó de sorprenderme al entrar en Benamaurel. Las casas aparecían como desparramadas por el cerro y, salvo una parte algo más urbana en la zona baja, el resto del pueblo estaba conformado por calles empinadísimas, en las que las casas propiamente dichas se alternaban con solares, en muchos de los cuales se adivinaba la existencia de alguna cueva. El municipio tiene empadronadas unas 2.400 personas, pero su fisonomía hace que aparenten ser muchas menos, si bien también hay que tener en cuenta que tiene varios núcleos aparte de la propia villa, conformados asimismo en su mayoría por cuevas.
El primo solterón vivía en la parte más alta del pueblo, detrás de la iglesia (con elementos mudéjares y aspecto de fortificación, coronando la villa), así que metí primera y pisé a fondo para subir aquellas cuestas, con miedo a dejarme los retrovisores en la fachada de algún callejón. Pero el primo no se encontraba en casa; mi madre quería darle una sorpresa y se la había llevado ella. No obstante, unos vecinos a los que preguntamos nos indicaron que había tres lugares posibles donde localizarlo: su finca campestre, el supermercado o el bar. Así que, ya que estábamos, fuimos en su busca.
El supermercado era lo que pillaba más cerca, así que, con cuidadito, enfila la cuesta abajo, vigilando de no cascar el freno de tanto pisarlo... y hasta el más ateo rezando para que no fallen, porque si no el piñazo es de órdago. El primo no estaba en la tienda; ya había hecho la compra por la mañana. "Pero seguro que estará en la finca, o en el bar... Bajen toda la cuesta hasta el final, hasta la carretera, y giren a la izquierda". Sí, sí, ya, que bajemos todo lo que hemos subido... Venga, pues, sigamos para abajo.
Y casi al final de la cuesta que mi madre exclama: "Mi primo". No era el de Zumosol, pero sí el familiar que buscábamos, así que a ver si puedes dar media vuelta y... y tres pepinos en vinagre. Cualquiera da la vuelta en una calle donde apenas pueden cruzarse dos coches, con un 15% de desnivel. Así que termina de llegar hasta la carretera, mira a ver dónde puedes cambiar de sentido y vuelve a subir. Con todo esto, no nos resultó extraño que, cuando al fin volvimos a llegar frente a la casa del primo, él ya estaba allí esperando, sonriente.
No había sido una casualidad que nos lo cruzáramos en la cuesta. Los de la tienda habían llamado al bar, preguntando por él, para decirle que lo andaba buscando una mujer que decía ser prima suya. He dicho que Benamaurel tiene 2.400 habitantes, con lo cual, se comprenderá fácilmente la velocidad a la que se propagan las noticias de Radio Macuto. En cuestión de dos minutos, todo el pueblo sabía que unos forasteros andaban siguiendo la pista de uno de sus convecinos, que, para más inri, es conocido en la localidad por su coincidencia de hijo único, solterón y bastante entrado ya en años.
El primo peinaba ya 71 años aquel septiembre de 2006. Llevaba camino de repetir la longevidad de su madre, que había llegado a ser nonagenaria. Pero sobre él se cernía la sombra de la soledad. Pensé que yo mismo podía llevar su mismo camino. Quizá su imagen pudiera ser la mía propia, 44 años después. Sentí un cierto desasosiego. Y más cuando el primo me pregunta cómo ando de novias. Pues a dos velas, qué te voy a decir. "Ah, ¿sí? ¿Y no has visto qué vecina más guapa que tengo?". ¡Toma ya! Está claro que el primo tenía una especie de sexto sentido, que le hacía ver no muertos, sino solterones en potencia.
La vecina en cuestión era una chica de apenas 20 años, que nos había abierto la puerta cuando habíamos preguntado por él al no encontrarlo en su casa. Una chica muy mona, ciertamente, de aspecto un tanto inocentón. Guapa, desde luego, pero eso no era suficiente como para que al instante deseara intimar más con ella, ni tampoco para dar pie a cuestiones más groseras como reventar la bragueta a causa de una erección espontánea. No. Nada de eso. Pero el primo, erre que erre, seguía repitiéndome lo guapa y lo buena chica que era su vecina, al tiempo que me instaba a echarme novia, "que si no vas a acabar como yooooo"...
Se empeñó en anotarse mi número de móvil, quién sabe si con la intención de hacer de alcahuete y dárselo a su vecina. Sospechas un tanto fundadas de esto tengo, por una llamada que recibí una vez que luego comprobé que había sido efectuada desde su casa. Pero no puedo negar que sus intenciones eran muy buenas y nobles. Seguramente pensaba que con un solterón en la familia ya era suficiente. Su soledad es de las que no se escogen, sino de las que las generadas por las circunstancias de la vida, y no quería que le pasara lo mismo conmigo.
Me faltaban 44 años para estar en su situación... Ahora, poco más de 42. Está claro que necesito unas gafas nuevas, a ver si me engrandecen el porte.
Saludos y hasta la próxima.
30 de enero de 2009
viernes, enero 30, 2009 | 0 Comments
